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sábado, 26 de agosto de 2006

Comic: "LOS NUEVOS VENGADORES # 8"

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Salí de trabajar, fui, como cada día, a mi kiosco habitual (el del “Leño”), y me henchí de gozo cuando ví que había llegado, por fin, el número 8 de “Los Nuevos Vengadores”. Sin embargo, apenas abrí el comic, me detuve en seco, empalidecí, y a punto estuve de regresar para pedir la sustitución del ejemplar por otro. A alguien en Marvel (o en Panini) se le habían cruzado los cables y, bajo la cubierta del “New Avengers 08”, había incluído un viejísimo tebeo de hacía tropecientos mil años. No obstante, pasé algunas páginas más y enseguida afloraron los habituales dibujos de la época actual. La razón: el amigo Brian Michael Bendis, guionista de la colección, había decidido ubicar la historia del personaje más publicitado de esta nueva etapa, El Vigía, en un inexistEnte pasado marvelita, para lo cual requirió los servicios de un ilustre veterano: Sal Buscema. Buscema, inconfundible artista cuya personalidad impregnó los rostros y los cuerpos de los superhéroes fundamentales en los 70 y los 80, demuestra no sólo que todavía se halla cualificado para dibujar, sino que, a diferencia de su difunto hermano John (que en el último tramo de su carrera no era ni la sombra de lo que fue), todavía mantiene intactos los rasgos característicos de su estilo, muy en la línea del mítico Jack Kirby.

Por lo demás, si algo me ha impresionado ha sido el nulo interés del relato, que parte de la irritante base de una prolongada tomadura de pelo. Por Dios, que llevamos ya 8 meses de publicación y apenas se han narrado uno o dos días de vida de estos “nuevos” vengadores”. Hasta ahora, las escenas de acción se han reducido a la mínima expresión y lo que más abundan son las largas parrafadas que no siempre son necesarias. Por el santísimo Stan Lee de mis entretelas, ¡que en ocho meses ni siquiera conocemos la formación definitiva del grupo…! ¡Que la aventura más antretenida fue la de la Tierra Salvaje, y nuestros amigos ni siquiera estaban vestidos…!

No sé, no sé, mi interés por la colección y mi evaluación de su calidad suben y bajan como una montaña rusa. Como siempre he dicho, la base literaria es solvente, pero el espíritu épico-aventurero brilla por su ausencia, y tampoco el dibujo destaca especialmente por su brío o calidad (qué tiempos aquéllos en que los hermanos Buscema forjaron algunas de las mejores páginas de la serie madre). En fin, habrá que seguir esperando, a ver si la cosa todavía tuviera visos de mejorar…..

lunes, 14 de agosto de 2006

Cine: Mi comentario sobre "PIRATAS DEL CARIBE: EL COFRE DEL HOMBRE MUERTO"

Free Image Hosting at www.ImageShack.usPara quienes visteis hace tres años “Piratas del Caribe: La Maldición de la Perla Negra”, lo primero que tengo que decir respecto a su primera secuela, “El Cofre del Hombre Muerto”, es que es más de lo mismo. Más, mucho más, pero muchísimo más de lo mismo.

Siguiendo exactamente el proceso inverso al que normalmente suele tener lugar en casos como éste, “Piratas del Caribe” (2003) convertía en película una de las más celebradas atracciones de los parques temáticos de Disney. Parecía entonces que el cine de aventuras navales del subgénero “Piratas, bucaneros y corsarios” estaba más muerto que el propietario del cofre sobre el que deambulaban los quince hombres de la popular tonadilla que Robert Louis Stevenson recreaba en su maravillosa novela “La Isla del Tesoro”. Sin embargo, el productor Jerry Bruckheimer, uno de los más avispados y afortunados del Hollywood actual, se sacó de la manga un producto veraniego que reunía unas dosis precisas de aventura, comedia, romance y terror, todo ello servido por un reparto ideal y aderezado con un condimento perfecto en el que destacaban la música, la fotografía y unos efectos especiales bastante conseguidos. El resultado fue un importante éxito en taquilla e incluso alguna que otra nominación al Oscar, con lo que, obviamente, estaba asegurada una continuación.

El Capitán Jack Sparrow (Johnny Depp) vuelve a estar al mando de su barco fantasma, “La Perla Negra”, cuando recibe la “mancha negra” (una especie de amenaza de muerte muy común entre los piratas) y se ve obligado a zarpar en busca del feroz y legendario azote de los mares Davy Jones (Bill Nighy), comandante del “Holandés Errante”, un no menos fantasmagórico navío cuyos tripulantes, incluído el propio Jones, se convirtieron hace tiempo en terroríficas criaturas marinas. Paralelamente, los jóvenes enamorados Will Turner (Orlando Bloom) y Elizabeth Banks (Keira Knightley) han visto frustrados sus planes de boda y han dado con sus huesos en la cárcel por culpa de sus pasadas correrías junto a Sparrow. Sin embargo, Will recibe la propuesta de ver perdonados sus delitos de piratería si consigue apoderarse del legendario cofre de Davy Jones, para lo cual primero tiene que encontrar a su antiguo amigo, el Capitán Jack….

“PDC: El Cofre del Hombre Muerto” ha conseguido en Estados Unidos unas recaudaciones históricas que han vapuleado a su más directa rival, “Superman Returns”… lo cual no quiere decir que constituya, en sí misma, una buena película. Su director, Gore Verbinski, uno de los artesanos más cualificados del cine actual, pone bastante empeño en facturar no sólo un entretenimiento de primer orden, sino un film con pretensiones estéticas que se evidencian en las primeras secuencias: planos bellamente fotografiados con luz natural, con una composición que se beneficia de la pantalla panorámica, lluvia y viento que se funden con la agitación del mar, música envolvente del inevitable Hans Zimmer….. Entonces, aparece Johnny Depp y el tono del relato cambia bruscamente. Depp, que fue nominado al Oscar como Mejor Actor por su histriónica composición del Capitán Jack Sparrow en la primera entrega, se abandona a una desopilante orgía de muecas y aspavientos que restan a su personaje cualquier asomo de credibilidad. Es cierto que sus intervenciones provocan las risas del público, tal y como está previsto en el guión, pero, en mi opinión, este Jack Sparrow tan rocambolesco y tan afeminado (el propio Depp declaró a una publicación americana que enfocaba su papel dándole un tono ambiguo y bisexual) se le ha ido de las manos definitivamente, tanto a Depp como a Verbinski, responsable último del resultado de la película. El resto de sus compañeros de reparto obtiene resultados muy dispares a la hora de afrontar de nuevo sus composiciones. La bellísima Keira Knightley, una de las actrices con más proyección y repercusión del panorama actual, era prácticamente una desconocida hace tres años, pero su actual condición de superestrella la hace acreedora de más y más largas apariciones en pantalla (a veces a costa de estirar su personaje sin ton ni son, como si de un chicle se tratase), y la muchacha resuelve la papeleta clonando sus gestos dulces de “Orgullo y Prejuicio” más su actitud belicosa de “El Rey Arturo”. Así las cosas, y, dado que el estupendo Bill Nighy (que vive una segunda juventud desde que bordara su creación de viejo rockero en “Love Actually”), aunque hace lo que puede y ciertamente consigue hacer mucho, no puede evitar que su interpretación quede difuminada por las toneladas de maquillaje que cubren su rostro y su cuerpo, me temo que los mejores del elenco son Orlando Bloom (tengo que admitirlo, nunca me ha gustado este actor) y el siempre entonado Stellan Skarsgaard, que encarna a Bill “El Botas”, padre de Will/Orlando. Sin olvidar, obviamente, a ese puñado de actores casi anónimos (la tripulación de “La Perla Negra”) que con sus brillantes aunque breves participaciones saben crear el clima de compañerismo y camaradería que siempre ha caracterizado al lado más romántico de la piratería.

“Menos es más”, reza un viejo dicho, pretendiendo afirmar que a veces es mejor dejar al espectador con ganas, insinuar muchas cosas y no enseñarlas todas, elegir el ritmo ágil en lugar de machacar al respetable con una inacabable sucesión de escenas de acción cada cual más trepidante que la anterior. “PDC: El Cofre del Hombre Muerto” no sólo no sigue ninguna de estas tres reglas, sino que les da la vuelta de arriba abajo. La táctica utilizada por Gore Verbinski, en buena armonía con Jerry Bruckheimer, su productor, es la de la hipérbole, el exceso, la acumulación. Han tomado las virtudes de la película original (a excepción de su originalidad, naturalmente) y se han dedicado a multiplicarlas por mil. ¿Que en la primera parte aparecían criaturas monstruosas?; pues ahora también las hay, y en mayor número. ¿Que los efectos especiales resultaron todo un hallazgo?; pues ahora son el doble de complicados, y sólo para provocar la admiración de la audiencia. ¿Que las escenas de lucha estaban muy bien coreografiadas?; pues ahora son más numerosas y, claro está, muchísimo más complejas. ¿Que Johnny Depp creó un personaje carismático bordeando el exceso?; pues ahora rebasa ampliamente la frontera y se excede en cada uno de sus planos.

Indudablemente, la película es bastante entretenida y en más de una secuencia (el ataque del kraken, el duelo sobre la noria, la huída de la isla de los nativos caníbales) no puedes reprimir la admiración…. ni las carcajadas (bien intencionadas, quiero decir). Pero yo hubiera agradecido que la mitad de sus escenas durasen la mitad de lo que duran, y, personalmente, me he llevado una pequeña gran decepción. Incluso por la música. La banda sonora de la primera entrega, compuesta por Klaus Badelt pero que plagiaba algunos temas escritos por Hans Zimmer para “Gladiator”, se convirtió en mi favorita de entre todas las que poseo, a pesar de que determinadas personas no han dejado de atacarla no sé muy bien por qué motivos. Para la segunda parte, el propio Zimmer se ha ocupado de volver a utilizar los temas de Badelt que eran a su vez temas suyos, reorquestándolos y fabricando con ellos un score que, bajo mi punto de vista, no sólo resulta gris y anodino sino…. aburrido. Esperemos que la tercera parte de “Piratas del Caribe”, que se está terminando de rodar en estos momentos y se estrena el año que viene, se parezca más a la primera que a la segunda; yo y mi lado pirata así lo deseamos.

Calificación: 7 (sobre 10)
Luis Campoy

sábado, 12 de agosto de 2006

Cine: Mi comentario sobre "JORGE EL CURIOSO"

Free Image Hosting at www.ImageShack.usUna verdadera y muy agradable sorpresa. Eso me resultó “Jorge el Curioso” (“Curious George”) cuando el otro día fui a verla con mis niños.

Tal y como me sucedió hace unas semanas con “Asterix y los vikingos” (de la que todavía no he hablado… pero hablaré), la primera sensación que experimenté viendo en pantalla grande una película de dibujos diseñada y rodada al viejo estilo (en dos dimensiones y merced al trabajo de decenas de animadores, y no como consecuencia de la pericia tecnológica de un frío ordenador) fue de estar retrocediendo quince años en el tiempo, a una época más inocente, más pura, más auténtica.

El “Jorge” del título (“George” en el original inglés) es un simpático monito que vive en Africa, en un entorno casi paradisíaco. Su gran aventura comienza cuando Ted, también conocido como “El hombre del sombrero amarillo”, irrumpe en sus dominios buscando el Idolo de Zagawa, una estatua gigantesca que resulta ser una miniatura. Decepcionado ante las expectativas del señor Bloomsberry, dueño del museo en que trabaja y que, tras su fracaso, se va a ver abocado al cierre, Ted regresa a la civilización llevando a Jorge como inesperado polizón. Las vidas de ambos cambiarán para siempre…

Basada en una colección de libros infantiles escritos en la década de 1940 por Margret y H.A. Rey (que es justamente como se llama el carguero que en la película hace la ruta hacia Africa), “Jorge el Curioso” es fruto del esfuerzo y dedicación de Matthew O’Callaghan, que llevaba diez años tratando de poner en marcha el proyecto, y al fin ha conseguido llevarlo a buen puerto gracias a la producción de Ron Howard, el denostado director de “El Código Da Vinci”.

Concebida como un cruce entre “King Kong” y “En busca del Arca Perdida”, “Jorge el Curioso” está dotada de un encanto visual que roza lo mágico, debido sobre todo a una utilización de la luz como jamás he visto en ninguna otra película de dibujos animados. La luminosidad de la selva, los cielos soleados de la ciudad, los interiores del museo y el edificio de apartamentos en el que vive Ted están plasmados con una paleta de colores absolutamente fascinante, digna del monito Jorge, artista autodidacta que en el film crea auténticas obras de arte utilizando sus manos y pies. La banda sonora del film contiene varias canciones a cargo de Jack Johnson y ha sido producida por el omnipresente Hans Zimmer.

La aparente sencillez de su factura, la simplicidad de su argumento, el mensaje positivo a favor de la amistad y escenas tan logradas como la del vuelo en globo o la del pánico en las calles que provoca la gigantesca imagen holográfica del pequeño Jorge constituyen suficientes alicientes para pasar una agradable tarde en el cine con los niños, que disfrutarán un entretenimiento sano gracias a esta película que en numerosos momentos, supongo que deliberadamente, resulta demodé y atemporal, como los buenos sentimientos que redimen la avaricia y la ambición.

Por cierto, mi hijo se llama Jorge y es muy mono, y también muy curioso……


Calificación: 7 (sobre 10)

Luis Campoy

jueves, 10 de agosto de 2006

Cine: Mi comentario sobre "POSEIDON"

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“POSEIDON” ha constituído un fracaso. Un fracaso absoluto, rotundo y sin paliativos. Las razones de este tremendo patinazo del nuevo trabajo de Wolfgang Petersen habría que buscarlas no en el fondo del mar, sino en diversos aspectos del film, alguno de ellos ya exhaustivamente comentado por la prensa norteamericana. Para empezar, es necesario recordar que, como en tantas y tantas ocasiones, se trata de un remake, una nueva versión de un célebre título perteneciente al llamado “cine de catástrofes” que tuvo su apogeo en el Hollywood de los años 70, a raíz del éxito de “Aeropuerto”. Eran tiempos en los que el cine estaba en dura, durísima competencia con la televisión, y era necesario ofrecer al espectador espectáculos apabullantes que ciertamente la llamada “caja tonta” era imposible de igualar, en primer lugar debido a sus dimensiones y prestaciones audiovisuales. Así, tras contarnos la odisea de un grupo de personas atrapadas en un avión sin pilotos (“Aeropuerto”), Hollywood nos contó más o menos la misma historia sólo que ubicándola en un rascacielos (“El Coloso en Llamas”) o un transatlántico (“La Aventura del Poseidón”), o bien narrándonos otro tipo de desastres naturales de capacidad aún más destructiva, como, por ejemplo, “Terremoto”. La fórmula funcionó al principio, pero no tardó en agotarse, gracias a las interminables secuelas (“La Aventura del Poseidón” contó con una, y de “Aeropuerto” se rodaron tantas entregas que me es imposible recordarlas todas).

La trama de “Poseidón” es exactamente la misma que la de “La Aventura del Poseidón”: durante una travesía por el océano, un transatlántico de lujo recibe el impacto de una ola gigante que le hace girar 180º, dejándolo boca abajo. Un intrépido grupo de pasajeros emprende una dramática odisea en pos de la salvación, ascendiendo cubierta tras cubierta tratando de alcanzar la superficie del mar… Las diferencias, no obstante, son considerables. Para empezar, los avances tecnológicos hacen que la apariencia visual de la nueva versión esté incluso más conseguida que la de hace 34 años. Ese, básicamente, es el único aspecto en que el nuevo “Poseidón” supera al viejo.

Una de las características de aquella oleada de películas catastrofistas de los setenta era la presencia en su reparto de un abrumador plantel de estrellas de la época, así como de algunas viejas glorias del Hollywood de los años dorados. Así, “La Aventura del Poseidón” contaba con Shelley Winters, Red Buttons, Stella Stevens, Ernest Borgnine, Roddy McDowall, Leslie Nielsen, Jack Albertson y Carol Lynley, además del protagonista indiscutible, un excelente Gene Hackman en su mejor momento. Para la nueva versión, los estudios decidieron amortizar los carísimos efectos visuales… contratando a “estrellas” tan “conocidas” e “infalibles” como Josh Lucas, Emmy Rossum, y… err… esto….hummm… jolín, no conozco a ninguno de los otros….. El caso es que la cabecera del cartel, el peso específico de la película, descansa sobre dos actores que hace muchísimo tiempo que dejaron de justificar por sí mismos el pago de la entrada de un cine (¿o tal vez nunca lo hicieron?), como Kurt Russell y Richard Dreyfuss. Kurt Russell comenzó como estrella infantil en los años 60, y entre los primeros ochenta y mediados de los noventa alcanzó su “momento de gloria”, con títulos como “1997: Rescate en Nueva York” (y su secuela), “La Cosa”, “Golpe en la Pequeña China” (todas éstas de John Carpenter), “Tombstone” o “Stargate”. Richard Dreyfuss era uno de los jóvenes protagonistas del “American Graffiti” de George Lucas, después de lo cual obtuvo fama y prestigio al lado de Steven Spielberg en “Tiburón” y “Encuentros en la Tercera Fase”; a partir de ahí, su carrera se eclipsó, y sólo despuntó tibiamente con “Mi vida es mía”, “Procedimiento Ilegal” (1 & 2), “Un loco suelto en Hollywood” o “Profesor Holland” (¿alguien las recuerda?). En cuanto a Josh Lucas y Emmy Rossum, del primero sólo sé que hacía de villano en el “Hulk” de Ang Lee (tan sólo los que lograran no dormirse le recordarán) y la segunda era la “Christine” de “El Fantasma de la Opera”, versión Joel Schumacher, además de chica florero en “El Día de Mañana” (por cierto, una recuperación bastante más afortunada del viejo cine de catástrofes).

¿Iríais a ver una película sólo porque sus protagonistas sean Russell, Dreyfuss, Lucas o Rossum? Evidentemente, no. ¿Suman todos ellos la mitad del carisma que tenía, digamos, Shelley Winters en el film original? ¿Pueden Kurt Russell y Josh Lucas, aun actuando al unísono, hacer sombra a un actorazo como Gene Hackman? La respuesta es evidente. Pero no sólo ésto justifica el decepcionante resultado en taquilla del film. Como dije al principio, los efectos visuales son de primer orden, pero esto es algo inherente a cualquier producción de estas características. Junto con la falta de atractivo del reparto, el otro gran problema de “Poseidon” es su pésimo guión. Ya dije anteriormente que la historia, en líneas generales, es la misma de la película original, que a su vez se basaba en una novela de Paul Gallico, sólo que en esta oportunidad y seguramente pretendiendo conseguir un ritmo ágil e incluso frenético, se ha aligerado de “chicha” el esqueleto argumental, tanto que sus 90 minutos pasan como un suspiro… a costa de que todos y cada uno de sus personajes parezcan estúpidos arquetipos, ridículas caricaturas, inútiles esbozos de seres humanos con los que es imposible identificarse. El ex–bombero y ex–alcalde que interpreta Kurt Russell, el ricachón homosexual a cargo de Richard Dreyfuss o el jugador profesional que encarna Josh Lucas resultan tan humanos como una tostadora, y sus emociones tan emocionantes como las de una lata de sardinas. En esto sí tiene responsabilidad el director Wolfgang Petersen (que ya se había llenado de agua hasta las cejas en anteriores películas como “El Submarino” o “La Tormenta Perfecta”), por aceptar un material literario (¿?) tan endeble y que convierte la película en una especie de videojuego, en el que un grupo de personajes tiene que ir superando una serie de niveles a cada cual más peligroso, durante los cuales algunos de ellos van a perder la vida… dejando indiferente al espectador, ya que en ningún momento se ha establecido simpatía o empatía con ninguno de ellos.


Calificación: 5,5 (sobre 10)

Luis Campoy

martes, 8 de agosto de 2006

Clásicos de mi vida: "GREASE"

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Hace unos días tuve la ocasión de ver “Grease” por enésima vez, ahora en formato DVD, gracias a una reciente edición que ha respetado el formato panorámico original, además de realzar su banda sonora con una remasterización en Dolby 5.1. Lo cierto es que, mientras la veía, me apeteció iniciar con esta “vieja” película una serie de comentarios que espero continuar más adelante, acerca de ciertos films cuyos méritos propios y su repercusión popular, vistos a través de la perspectiva que dan los años, los ha convertido en los “CLASICOS DE MI VIDA”.

Es sabido que, cuando una obra teatral triunfa de forma espectacular, no pasa mucho tiempo hasta que se convierte en película. “Grease” no fue una excepción. El musical creado por Jim Jacobs y Warren Casey había arrasado allá por donde había pasado, gracias a su visión agridulce pero básicamente optimista de la juventud norteamericana de los últimos años cincuenta y primeros sesenta, narrada con romanticismo y un jocoso sentido del humor y aderezada con pegadizas melodías y acrobáticas coreografías.

El productor Robert Stigwood fue el alma mater de la traslación de “Grease” (1978) al cine, en una época en la que los musicales al viejo estilo eran poco menos que piezas de museo, si bien el éxito de “Fiebre del Sábado Noche” (1977), también producida por Stigwood, había demostrado a los ejecutivos de Paramount Pictures que una película provista de una banda sonora potente y, sobre todo, comercial, podía constituir un reclamo irrenunciable para el gran público. Por otra parte, la estrella masculina del film citado anteriormente, el joven italoamericano John Travolta, necesitaba de un nuevo papel de similares características para consolidar su prometedora trayectoria, y, por si fuera poco, el director inicialmente asignado al proyecto, Randal Kleiser, ya había trabajado con él en el telefilm “El chico de la burbuja de plástico”. Cuatro eran, pues, los factores de cuya combinación dependería el éxito de la aventura: un argumento humorístico sin dejar de ser romántico, un productor experimentado y visionario, una estrella en alza y, sobre todo, unas canciones pegadizas (que, no obstante, fueron convenientemente reforzadas con algunos temas adicionales).

Durante las vacaciones de verano, los jóvenes Danny Zuko y Sandy Olson se enamoran al compás de las olas que son testigos de sus tímidos besos en la playa, aunque son conscientes de que su romance no va a tener continuidad, ya que ella es australiana y tiene que regresar a su país. Un nuevo curso comienza en el Instituto Rydell, paradigma de la mediocridad de la educación norteamericana, y, como siempre, las pandillas juveniles campan a sus anchas sin control alguno. Los Thunderbirds, liderados precisamente por Danny y su fiel lugarteniente Kenickie, son groseros, obscenos, se pasan el día peinándose con brillantina y sólo piensan en ligar. Su contrapartida femenina, las Damas Rosas, tiene a su líder en la cínica y descarada Rizzo, algo más que una amiga en el pasado tanto para Kenickie como para el mismo Danny Zuko. Este último se lleva la sorpresa de su vida cuando descubre que la ingenua Sandy finalmente no ha regresado al hemisferio austral, sino que se ha matriculado en el mismo Rydell y ha sido inmediatamente reclutada por las Damas Rosas. Obligado por su reputación de chulo y hortera, Danny no tiene más remedio que contonearse y pavonearse ante una sorprendida y desolada Sandy, que no ve en él al muchacho cariñoso y educado que la cortejó en la playa, y, asímismo, ante una complacida Rizzo, deseosa de vengarse de Danny por alguna deuda amorosa nunca saldada del todo. Sandy llora amargamente su decepción, pero no tarda en buscar consuelo en otro muchacho, un apuesto miembro del equipo de rugby del instituto, tan guapo como soso y alelado. Paralelamente, Kenickie ha comprado un viejo coche con el que trata de impresionar a Rizzo, y convence a Danny y los otros muchachos para que le ayuden a repararlo con el fin de competir en una carrera ilegal que se celebrará en la acequia del canal. El instituto Rydell ha sido seleccionado para ser la sede del “National Bandstand”, un concurso de baile televisivo de ámbito nacional, y ello provoca una especie de histeria colectiva en toda la comunidad estudiantil. Poco antes del baile, y tras varias experiencias frustradas para destacar en alguna especialidad deportiva, Danny consigue hacer las paces con Sandy y le propone que sea su pareja en el certamen. El día del concurso, Danny y Sandy consiguen llegar hasta la final, pero a última hora Sandy es sustituída, en contra de su voluntad, por una tempestuosa latina que mantiene una relación con el líder de los Escorpiones, la pandilla rival de los Thunderbirds, quien va a ser precisamente quien compita con Kenickie en la carrera automovilística. A pesar de todo, Danny se proclama ganador del concurso, y en el autocine intenta congraciarse con Sandy, con tan mala fortuna que acaba propasándose y ella le deja con tres palmos de narices. Al mismo tiempo, Rizzo comienza a sospechar que puede haberse quedado embarazada de Kenickie, y enseguida se convierte en objeto de la rumorología de todo Rydell. Se acerca el final del curso y, con él, la esperada carrera que enfrentará a Kenickie y al jefe de los Esscorpiones; mas un inoportuno accidente deja a Kenickie fuera de juego y Danny se ve obligado a correr en su lugar… ganando la carrera. Sandy, espectadora silenciosa de la prueba, comprende que Danny está demasiado vinculado a su entorno y su personalidad, y que tiene que ser ella quien finalmente cambie para adecuarse a él. El día de la graduación, en mitad de los festejos que culminan el curso escolar, una casi irreconocible Sandy Olson, terriblemente sexy y embutida en un ajustadísimo traje de cuero negro, deslumbra a Danny (y a todo el personal), al tiempo que Rizzo le dice a Kenickie que finalmente no está embarazada y éste le pide que se case con él. El curso se acaba en Rydell, pero lo importante es que, pase lo que pase, la amistad no se termine y todos sigan (emocionalmente) juntos…….

Muy poco se cambió del libreto de la obra original de Jacobs y Casey, aunque, paradójicamente, algunos de los números musicales que más famosos se hicieron fueron escritos expresamente para la película. Es el caso del tema principal, “Grease”, que fue compuesto por Barry Gibb, líder de los Bee Gees (en la cresta de la ola gracias a sus temas bailables para “Fiebre del Sábado Noche”), y cantado por Frankie Valli. Por otra parte, John Farrar fue autor de dos de las canciones más recordadas, “Hopelessly devoted to you” (que canta Sandy) y la archiconocida “You’re the one that I want”, mientras que Louis St. Louis aportaba “Sandy” y otros cantables de relleno.

Llegaba la hora de completar el reparto, y a alguien se le ocurrió que para interpretar a “Sandy Olson”, papel que requería de un físico atractivo y considerables prestaciones vocales, la persona idónea era la australiana Olivia Newton-John, tal vez un poquito demasiado mayor para el personaje (claro que, en realidad, todos los miembros del reparto lo eran; ¿quién puede creerse realmente que tipos como los que aparecen en la película continúen en el instituto?), pero que logró una caracterización involvidable por la que aún es recordada. Newton-John era vieja conocida tanto de Stigwood como de los Bee Gees, y su elección fue un acierto total.

En cuanto a John Travolta, no es ningún secreto que bordó su papel de “Danny Zuko”, y de inmediato se convirtió en un sex-symbol (¡ay, aquellas chaquetas de cuero y aquellas camisetas negras ajustadas…!) y en uno de los iconos populares de finales de los 70. Tampoco es que Zuko requiriese las dotes de un actor, digamos,shakespeariano, pero Travolta le supo dotar de un punto hortera, canalla, tierno y romántico perfectamente equilibrado, ¡y además bailaba (como ya había demostrado en “Fiebre del Sábado Noche”) y cantaba (con una pizca de voz y abusando de los falsetes… pero cantaba)!

Para los papeles secundarios, Stigwood y Kleiser contrataron a jóvenes más o menos prometedores, como Stockard Channing (cuya composición de “Rizzo” es sin duda la mejor que ofrece la cinta), Jeff Conaway (“Kenickie”), Didi Cohn (“Frenchy”) o unos jovencísimos Eddie Deezen y Lorenzo Lamas (algunos años antes de que “Falcon Crest” le convirtiera en “El Rey de las camas”). También tuvieron su papelito secundarios ilustres como Sid Caesar, Eve Arden, Joan Blondell, Edd Byrnes o el ex-ídolo juvenil Frankie Avalon, que interpreta al "Angel de los Jóvenes". Por último, la banda de “doo-wap” Sha-Na-Na rentabilizó durante los años siguientes su participación en “Grease”, en la que interpretaron al grupo ficticio “Johnny Casino & The Gamblers”.

Las canciones, inolvidables en su mayoría, que nutren la banda sonora de “Grease”, alcanzaron vertiginosa e imperecedera repercusión universal, mas no sólo a causa de sus virtudes estrictamente musicales. Las espectaculares coreografías de Patricia Birch, mil millones de veces imitadas, fueron filmadas con imaginación e inesperada maestría por Randal Kleiser, utilizando de forma admirable el formato panorámico. Números como “Summer Nights”, “We Go Together” o, muy especialmnente, “Greased Lightnin’” y el mítico “You’re the One that I Want” no creo que tengan mucho que envidiar a los concebidos, dentro de otro estilo, por Stanley Donen o Bob Fosse.

Han transcurrido 28 años desde el estreno de “Brillantina” (como se subtituló en su exhibición española), y, de repente, después de haberla vuelto a ver, percibo, en primer lugar, que no ha envejecido absolutamente nada y sigue conservando toda su fuerza y frescura originales. Es más, me doy cuenta de que, por su lúcido tono entre cómico y nostálgico, por sus perfectas interpretaciones, por sus diálogos chispeantes (que, por cierto, resultan mucho más imaginativos si se escucha la versión original en inglés) y por sus maravillosos números musicales, se trata de una película muchísimo mejor de lo que se dejó entrever en su momento, al que el paso del tiempo no ha hecho sino, incluso, beneficiar. Que nadie se ofenda cuando digo esto, pero “Grease” me parece un film injustamente infravalorado, una buenísima película… poco menos que una obra maestra.

Un par de años después, cuando ya “Grease” se había convertido en un auténtico fenómeno sociológico que volvió a poner de moda la música, la estética y la filosofía vital de los años cincuenta, llegó una prescindible secuela, “Grease 2”, ubicada en los mismos ambientes y con nuevas canciones de Louis St. Louis. Fue un fracaso de proporciones aterradoras, a pesar de la presencia de una casi adolescente Michelle Pfeiffer y un Maxwell Caulfield pre “Dinastía” (¿o era “Los Colby”?). A veces, las películas redondas hay que dejarlas tal cual, y los experimentos hacerlos con gaseosa… pero no con brillantina.

Calificación: 9 (sobre 10)

Luis Campoy

sábado, 5 de agosto de 2006

Comic: "DINASTIA DE M"

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Ya llevamos dos meses de publicación de la esperada saga “Dinastía de M” (“Casa de M” según reza el título original inglés), y va siendo hora de hacer algún que otro balance preliminar al respecto de uno de los más importantes acontecimientos ocurridos en Marvel en lo que va de siglo.

Wanda Maximoff, alias la Bruja Escarlata, hermana de Pietro Maximoff, conocido como Mercurio (ambos dos, conocidos Vengadores) e hija de Eric Magnus Lensherr, el temido Magneto, perdió la cabeza hace algunos meses. Cuando tú o yo perdemos la cabeza, simplemente nos volvemos un poco tarumbas y jaleamos al equipo de fútbol al que antes abucheábamos, votamos al partido político contrario a nuestros intereses o, en el peor caso, provocamos algún desastre doméstico de pequeñas proporciones. Pero, amigo, cuando a la Bruja Escarlata se le va la olla, lo que sucede es que los poderosos Vengadores se enfrentan al peor día de su vida, y más de uno no verá la luz del día siguiente. Sota de Corazones, el nuevo Hombre Hormiga, la Visión y Ojo de Halcón fueron víctimas de la locura de Wanda, cuya mente no pudo soportar la inexistencia de sus hijos. Magneto, ejerciendo (para variar) de amoroso padre, se llevó a su hija a la remota Genosha, antaño floreciente paraíso mutante, con el fin de tratar de recomponer su mente.

Ante el hecho de que un poder devastador como el de la Bruja Escarlata haya quedado sin control y las posibles víctimas puedan contarse por miles o incluso por millones, los Nuevos Vengadores y la Patrulla-X se reúnen, junto con otros héroes, para decidir si deben quedarse sentados esperando un nuevo episodio de locura o si, por el contrario, deben intervenir, incluso llegando al punto de ejecutar a Wanda. Desplazados hasta Genosha, de repente desaparecen en medio de un haz cegador de luz blanca, y cuando despiertan… el mundo ya no es lo que era.

La Bruja Escarlata ha creado una realidad alternativa, un mundo nuevo en el que los mutantes son la especie preponderante y sólo algunos humanos normales consiguen sobresalir. Todo ello bajo el control de Magneto y su dinastía, la Dinastía de M (“M” de Magnus o Magneto). La mayoría de los personajes del universo Marvel convencional continúan existiendo y conservan sus características y rasgos distintivos, pero sus realidades son muy distintas. Por poner un par de ejemplos, Spiderman es un icono mediático, un actor de éxito conocido por todo el mundo, y Lobezno es un obediente agente de SHIELD. Cada uno de ellos vive en el entorno de felicidad que Wanda cree que merece y necesita, y todo va a las mil maravillas hasta que…

Como dije al principio, ya se han publicado en España los dos primeros episodios de la saga central del crossover (cuatro ejemplares en total), además de unos cuantos tomos recopilatorios en los que cada personaje, a título individual, ve cómo su existencia se ve modificada en el seno de esta nueva realidad. Como ya he dicho alguna vez, me niego a estudiar en profundizar, a tiempo real, cómo se van publicando las colecciones en los USA, porque prefiero dejarme sorprender cuando llegue a España la historia en cuestión, ya debidamente editada y traducida. Al parecer, dicen los de Marvel que los sucesos de “Dinastía de M” afectarán drásticamente al Universo Marvel que todos conocemos, pero, sinceramente, dudo mucho que vaya a ser así.

En cuanto a la calidad intrínseca de la serie, he de reconocer que su lectura es entretenida y algunas de las situaciones que plantea son ciertamente interesantes. El guión es obra del multiocupado Brian Michael Bendis (que continúa escribiendo “Ultimate Spiderman” y “Los Nuevos Vengadores”) y los dibujos son de Oliver Coipiel, que no lo hace mal pero podría hacerlo bastante mejor, aunque hay que reconocer que su trabajo, rematado por el entintado de Tim Townsend, sugiere una franca mejoría. Como curiosidad, decir que la edición española de Panini incluye dos portadas alternativas para cada episodio, las oficiales pintadas por Esad Ribic y las que, simuiltáneamente, han elaborado algunos conocidos dibujantes de la Casa de las Ideas. Finalmente, y a título personal, os contaré la sensación gratificante que me inundó ante la presencia de Clint Barton, Ojo de Halcón, uno de los Vengadores más carismáticos y con más posibilidades, y que nunca entendí muy bien por qué Bendis tuvo que ¿asesinar?.

Cine: Mi comentario sobre "CARS"

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Tras leer algunas críticas un tanto tibias (creo que sería imposible hacerle una rotundamente mala), he visto “Cars” y me he quedado simplemente maravillado.

Muy por encima de sus competidoras en cuanto a realización de películas de animación generadas por ordenador, los chicos de Pixar han vuelto a ofrecer un excelente film de talante familiar pero que no no es ni bobo ni ñoño ni únicamente degustable por paladares infantiles.

“Cars” cuenta la historia de un bólido de carreras, Rayo McQueen que, al término de una rutilante temporada llena de triunfos y adrenalina, se pierde en mitad de la noche y en mitad de la nada, justo cuando apenas faltan unos días para disputar la prueba final del Campeonato. Condenado a reparar los desperfectos causados en su intento de salir del recóndito pueblo de Radiator Springs, Rayo deberá “humanizarse” y madurar por sí mismo y con la ayuda de otros vehículos, que le enseñarán a conocer el amor, la amistad, el respeto y la importancia del trabajo en equipo.

Cuando Pixar inició su colaboración con Disney, a principios de los 90, muchos nos entristecimos al presuponer que unas películas tan brillantes técnicamente supondrían un revés casi irreversible para la animación tradicional en dos dimensiones, de la cual la propia Disney había sido el principal estandarte durante décadas y décadas. Durante algunos años, las películas de dibujos animados convencionales trataron de oponerse al progreso, pero el devenir del tiempo ha demostrado que las posibilidades del ordenador eran tan apabullantes que el gran público acabaría por ceder ante la tentación del píxel, dando la espalda al dibujo artesano de toda la vida. En cualquier caso, hay que decir que los productos de Pixar (finalmente fagocitada y adquirida, a golpe de talonario, por la propia Disney) siempre han tenido una calidad especial (no sólo en cuanto a tecnología), y han sabido envolver sus historias con unos mimbres exquisitos que las colocan bastante por encima de los trabajos de la competencia (léase, por ejemplo, DreamWorks con sus “Shreks” o incluso Fox Animation con “La Edad de Hielo”).

En cuanto a “Cars”, se trata de un espectáculo de primer orden, perfecto en cuanto a concepción y ejecución visual, con unas escenas tan inolvidables como las carreras que abren y cierran la cinta, así como la estampida nocturna de los tractores y los entrenamientos del joven e impetuoso Rayo (“Lighting” = “Relámpago” en la versión original del film). Si acaso puede imputárse le algún (leve) defecto, yo diría que es un poquito larga, pero hay que entender que el exceso de duración se debe a que sus reponsables han tratado de potenciar también el aspecto emotivo y la caracterización y motivación de sus personajes, por lo cual se incluyen muchas escenas de diálogo que frenan la acción vertiginosa de las carreras anteriormente citadas.

Es prodigioso el modo en que los coches protagonistas resultan “humanizados”, no sólo en cuanto al “espíritu”, sino también en lo referente a su aspecto visual, de modo que a los pocos instantes te acostumbras a vivir en ese particular universo poblado por coches parlanchines que no necesitan de conductor alguno.

Tal vez un pelín inferior a “Toy Story 2”, “Buscando a Nemo” y “Los Increíbles”, las tres grandes obras maestras firmadas por Pixar hasta la fecha, pero bastante mejor que “Bichos” y “Monstruos S.A.”, “Cars”, que ha dirigido el principal responsable de la compañía, John Lasseter, representa posiblemente la consolidación definitiva de la animación digital, llegando a cotas de perfección técnica casi imposibles de superar. Su mensaje, a pesar de que la acción transcurre en paisajes perfectamente reconocibles de los Estados Unidos, no es patriotero ni ofensivo para la inteligencia, y hay que agradecerle que, aun a riesgo de alargar el metraje haciendo que los niños más pequeños se agiten incómodos en sus butacas, se tome su tiempo en presentar y dibujar bastante correctamente a la mayoría de sus personajes. A destacar el excelente doblaje español, que prescinde, afortunadamente, de la utilización de las voces de los famosillos de turno (aunque, por ejemplo, el piloto Fernando Alonso realiza un pequeño “cameo”), y algunas de las canciones que nutren su banda sonora, especialmente el famoso y añejo “Route 66” de Chuck Berry. Y un capón para la distribuidora española: ¿por qué se ha mantenido a ultranza el título original, “Cars”, cuando el equivalente español, “Coches”, tiene incluso una mejor sonoridad?; sé que siempre lo digo, pero no tenemos por qué renunciar a nuestro propio idioma tan sólo por un equivocado concepto de globalización. Finalmente: no os perdáis el cortometraje que precede al film, “El hombre orquesta”, una pequeña maravilla rebosante de inteligencia, ni los títulos de crédito finales, que parodian a las producciones anteriores de Pixar, si bien sustituyendo a los protagonistas originales de aquéllas por coches humanizados.

Luis Campoy
Calificación: 9 (sobre 10)

viernes, 4 de agosto de 2006

CUBA-LIBRE


Muchos a quienes les gusta el alcohol (y algunos abstemios) están deseando tomarse un cuba-libre a la salud de Fidel Castro. “Cuba Libre” es el grito que lleva años resonando allá donde se juntan varios cubanos damnificados por una de las dictaduras más longevas de la Historia. Parece inconcebible que un solo hombre pueda haber sido capaz de mantener sojuzgado a todo un país durante 43 años, pero ahí está el hecho. Sin ir más lejos, en España vivimos una situación parecida, y con consecuencias similares: caída de las libertades, letargo de algunos derechos fundamentales, desaparición o encarcelamiento de los disidentes y un inagotable goteo de prófugos ideológicos o sociales. Y todo por un comandante revolucionario que, a los 80 años, se cree todavía bendecido por la omnipotencia que confiere el control totalitario. ¿Cómo le sentaría a Fidel el hecho de que unos cuantos cubanos descontentos conspirasen contra él para llevar a cabo una nueva revolución similar a la que a él le deparó el poder hace más de 4 décadas? Seguramente le pillaría por sorpresa, ya que sus medidas represoras están diseñadas para impedir y aplastar cualquier mínimo intento de sedición.

Yo cada día entiendo menos cómo es posible que, aquí y allá, continúen existiendo Estados y formas de gobierno cuya perdurabilidad no proviene de las urnas, así como que ciertos gobernantes pretendan eternizarse en sus cargos aun cuando su edad cada día más avanzada y su evidente deterioro físico les impiden prestar a su país el servicio público que en última instancia creen que les legitima. Claro que yo jamás he sido gobernante y desconozco el sabor que debe tener el poder; posiblemente es un licor embriagador que a algunos, en su fuero interno, les causa un efecto adictivo y permanentemente rejuvenecedor.