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martes, 20 de junio de 2006

Sufrir para ganar

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Así se juega. Así se sufre. Creo que todos estábamos demasiado ebrios de éxito tras el sorprendente debut de la Selección española ante Ucrania, y por eso anoche pensábamos (al menos la mayoría) que el partido contra Túnez iba a ser poco más que un paseo. Craso error. A pesar de que la alineación inicial era la misma que la del pasado miércoles, el tempranero gol tunecino puso a prueba la fortaleza de las ilusiones de nuestros muchachos, que ni queriendo pudieron levantar el marcador durante un primer tiempo que pasó tan rápido como una exhalación. Entre constantes cambios de cadena, los minutos volaban y mi nerviosismo iba en crescendo. En Cuatro, Maradona daba la sensación de estar realmente interesado en lo que se supone que debía decir, pero me desesperé de tanto escuchar cómo se narraban las jugadas de forma histérica y aludiendo a un jugador (español) a quien tan sólo se referían como “El Guaje” (¿quién demonios es “El Guaje”?). En La Sexta, la cosa no iba mucho mejor; tampoco allí los chicos de Luis Aragonés eran capaces de batir al cuarentón guardameta de Tunisia, pero es que el comentarista parecía estar narrando un estreno de Hollywood y no un partido de fútbol. Para él, Xavi Hernández era “Humphrey Bogart”, Carles Puyol, “Tiburón” (¿el escualo de Spielberg o el gigantón de dientes de acero que le hacía la vida imposible a James Bond?) y Raúl, “Tom Cruise” (eso sí, pronunciado de la forma más hipani-cutre posible, “Crúis”, con la “í” bien marcada, y no “Crúus”, como mandan los cánones de la fonética). Harto de estar harto de tanto despropósito narrativo, retorné a lomos de invisible golondrina a los territorios de Mr. Polanco, a punto para contemplar cómo un oportunista Raúl conseguía consumar el gol del empate. La furia roja estallaba en todo su estruendoso esplendor, y los mendas de Cuatro conectaban una y otra vez con la Plaza de Colón de Madrid, donde miles de exaltados seguidores eran invitados a botar y a empujar con sus voceríos a los futbolistas ibéricos hacia la victoria. No sé si finalmente se desgañitaron, porque el esfuerzo vocal tuvo que ser titánico para ser escuchados desde Alemania; incluso Manolo El del Bombo pareció que tenía calambres en las manos de tanto tocar el tambor y tuvo que hacer huelga de brazos caídos durante un rato. El caso es que el segundo gol, obra de Fernando Torres, no se hizo esperar, y Maradona exigía un tercero, “para no relajarse”. De penalty, uno de los penalties más claros y más laaaaargos que se recuerdan, el mismo Torres materializó la confirmación de la utopía española, y éso que que el portero cuarentón le leyó el pensamiento y a punto estuvo de blocar el esférico.

De la victoria de ayer puede extraerse alguna que otra conclusión (nuestra Selección ha aprendido por fin a no perder la cabeza frente a la adversidad, a pesar de que en el primer tiempo se jugó más con el corazón que con el cerebro) y de ella se derivarán importantes consecuencias (Cesc debe disfrutrar de más minutos, y Raúl, mal que nos pese a quienes pensamos que su ciclo terminó, volverá a convertirse en un puntal básico en las alineaciones de Aragonés), si bien lo más probable es que no suceda nada trascendental en el próximo encuentro, frente a Arabia Saudí, a priori el rival más débil del grupo y al que todos los demás han goleado, últimamente los ucranianos, deseosos de sacarse de encima los cuatro tantos que España les endosó. En cualquier caso, todo parece indicar que el viernes tendremos ocasión de disfrutar un partido bastante más sosegado y menos estresante, aunque esperemos que con esa misma recién descubierta sensación de justificado orgullo patrio.