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martes, 20 de junio de 2006

El penúltimo sueño de Ecuador

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Estoy comenzando a conocer a una muchacha de procedencia ecuatoriana, y era casi inevitable que, en estos azarosos días tan llenos de emociones y fútbol, acabáramos presenciando juntos uno o varios encuentros de los que su selección y la mía han venido disputando... con desigual fortuna, al menos hasta lo vivido hoy día. Ya ha quedado dicho, y no sólo por mí, lo sorprendente que ha resultado el debut del combinado español que dirige Luis Aragonés. En cuanto al conjunto de Ecuador, cuyo seleccionador es el peruano Luis Fernando Suárez, la verdad es que hasta hace tan sólo unas horas se le consideraba la revelación de este Campeonato Mundial Alemania-2006. Sus dos primeras citas, contra Polonia (2-0) y, sobre todo, contra Costa Rica (3-0), habían causado una buenísima impresión, tanto que, a pesar de que matemáticamente ya estaba clasificada para Octavos de Final, eran muchos quienes soñaban con una posible victoria sobre la selección anfitriona que entrena Jurgen Klinsmann.

El otro día, mi hijo me regaló una pulsera, de ésas que últimamente pueblan las muñecas de la chiquillería internacional, en la que puede leerse "Football Power (El poder del Fútbol)". Pues el poder o la fuerza del fútbol reside precisamente en lo que tiene de ilusión colectiva, de empresa común, de sueño multitudinario. Oí en la radio que la audiencia de los partidos de la selección española en Cataluña había sido superior a la de la participación en el Referendum del Estatut. Para el pueblo ecuatoriano, como, supongo, para muchísimos otros pueblos y nacionalidades, contemplar a su selección nacional disputar una Copa del Mundo mientras ellos se hallan a tantísimos kilómetros de distancia de su país es mucho más que una actividad lúdica o deportiva: es una declaración de amor.

Esta tarde se aglutinaban decenas y decenas de ecuatorianos en un estrecho y calurorísimo bar provisto de televisión y beneficiado por la suscripción a Canal +. El ambiente era indescriptible, y casi diría que eran más numerosas las mujeres que los hombres. Claro que las cosas no pudieron arrancar peor para la escuadra tricolor (amarillo, azul y rojo): en los primeros compases del partido, Alemania se adelantaba con un gol de Klose que disolvió de un plumazo cualquier táctica preconcebida que impulsara a los latinoamericanos. Con una inesperada torpeza, los ecuatorianos fueron absolutamente incapaces de causar el más mínimo peligro, y sus intentos pedestres de forzar el empate no hicieron sino posibilitar los peligrosísimos contragolpes de los germanos, que sentenciaron el partido en los instantes finales de la primera parte.

El calor aumentaba a medida que decaía la euforia inicial, y la segunda mitad fue más propia del patio de un colegio que de una fase final de un torneo mundialista. Las estrellas de Ecuador, como Tenorio, Edison Méndez, Espinoza, Kaviedes, Valencia o el portero Mora, fueron eclipsadas por una selección alemana en la que destacaron Podolski, Schweinsteiger, Lahm y el citado Klose, además de un habilidoso Michael Ballack que se esforzó lo mínimo pero obtuvo un rédito nada desdeñable. Los ecuatorianos estaban tan desdibujados que su diseño de líneas era totalmente inexistente, y el centro del campo se fundía con la defensa mientras que la delantera brillaba por su ausencia. Aún encajaron un tercer gol, y no hubo más porque la Virgen del Cisne, patrona de Ecuador, debió extender su manto protector para evitar una humillación aún mayor.

Al final, el dueño del bar latino en el que ví el partido optó por una honrosa maniobra evasiva y mantuvo la retransmisión televisiva del encuentro, aunque la megafonía del establecimiento comenzó a emitir un cocktail de explosiva música sudamericana. Así, las expresiones de tristeza se diluyeron más fácilmente, mientras Ecuador disfrutaba, tal vez, de su penúltimo sueño dentro de este Campeonato del Mundo.