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miércoles, 26 de abril de 2006

Riquelme


Ante la derrota del Villarreal en el partido de vuelta de la semifinal de la Liga de Campeones, no quiero limitarme a escribir el listado de tópicos habituales que en estas horas estoy leyendo y escuchando por doquier (“No pudo ser”, “El fútbol es así” y memeces similares). Prefiero decantarme por un comentario un poco más humano, que tiene que ver, cómo no, con el jugador más emblemático del equipo absurdamente conocido como “el submarino amarillo”: Juan Román Riquelme.

Riquelme, que se presentaba como la gran figura del fútbol argentino, llegó a un Barça pre-Rijkaard con la estela de gran triunfador, de gran estrella, avalado por sus innegables cualidades de centrocampista técnico y con gran visión de juego… pero algo no cuajó. Su estilo relajado y preciosista no se adaptó a las características del juego azulgarana, más nerviso, rápido y enérgico, y, al finalizar la temporada, para descontento de sus fervorosos admiradores argentinos, el hombre acabó cedido en el Villarreal, equipo en el que no tardó en recuperar su magia, su “duende”. Al lado de los Forlán, Sorín (también “despreciado” por el Barcelona) y compañía, Juan Román (llamado simplemente “Román”·por quienes le aprecian) ha escrito las mejores páginas de su fútbol, echándose a su nuevo equipo sobre sus hombros y liderándolo hasta una competición europea, hasta una semifinal de ensueño que podía haberse ganado perfectamente. El nombre de Riquelme estaba en boca de todo el mundo, su prestigio crecía y su fama le precedía, tanto que el mismísimo Arsene Wenger, entrenador del Arsenal, equipo rival del Villarreal, intentó negociar con él para ficharle.

Todo el mundo miraba a Román, todos deseaban que anoche fuese la noche en que ascendiese al Olimpo… y, sin embargo, lo que sucedió fue lo contrario de lo esperado. Después de un partido intenso en el que los amarillos merecieron un gol que no llegó a fructificar, la diosa Fortuna se apareció a Román a sólo un minuto del final. Se le encomendó la trascendental misión de lanzar un penalty, cuya resolución favorable hubiera significado que su equipo dispondría de una prórroga de 30 minutos con la que prolongar su sueño de rozar la ansiada final de París. El gran jugador, aquél de quien tantas maravillas se habían dicho y escrito a ambos lados del Oceáno, aquél que se había erigido en líder y símbolo de sus compañeros, avanzó hacia el balón, disparó… y falló.

¿Qué pasará por la mente de un hombre en un momento como ése? Siempre he oído que los penalties deberían tirarlos los defensas, capaces de emitir un disparo potente, un pepinazo imposible de parar. Sin embargo, a Riquelme, jugador eminentemente técnico, se le confirió la obligación de conseguir él solito lo que sus 9 compañeros de campo no habían logrado en los 89 minutos anteriores. Lo intentó con su habilidad característica, pero el portero contrario, con cierta ayudita de Thierry Henry (que, al parecer, había estado estudiando a fondo los lanzamientos anteriores del argentino) le leyó el pensamiento y con su parada impidió que el submarino amarillo saliese a flote.

Casi con toda seguridad, la carrera de Román continuará su línea ascendente y es probable que aún esté a tiempo de alcanzar el status de estrella al que se seguirá haciendo acreedor… pero no deja de ser triste que un jugador así haya tenido que experimentar en su propia carne lo humanos que incluso los ídolos futbolísticos pueden llegar a ser.