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sábado, 1 de abril de 2006

Critica de Teatro: "AY, CARMELA"


Anoche tuve la oportunidad de ver, en el Teatro Cine “Velasco” de Alhama de Murcia, un nuevo montaje de la conocida obra “Ay, Carmela”, original de José Sanchís Sinisterra y que este año celebra el vigésimo aniversario de su creación.

España, Guerra Civil. Carmela y Paulino son dos actores ambulantes, dos "cómicos de la legua" de tres al cuarto, que llevan su espectáculo ("Carmela y Paulino, variedades a lo fino") por todos los pueblos de la geografía española, tratando de esquivar los evidentes peligros de una nación bajo el fuego cruzado de los dos bandos enfrentados. De camino a Valencia, equivocan el rumbo y van a parar a Zaragoza, zona ocupada por los ejércitos nacionales, que aglutinaban un contingente básicamente español, pero con significativa presencia de italianos y alemanes. Detenidos y descubierta su condición de actores, los mandos militares italianos les obligan a que entretengan a la tropa, como también a un grupo de prisioneros republicanos a punto de ser fusilados. En el teatro Goya de Belchite, su patética representación acaba complicándose trágicamente, y la pobre Carmela es abatida por las armas de la violencia, la intolerancia y el odio irreconciliable. Su amor por Paulino, empero, es más poderoso que la muerte y se resistirá a abandonarle...

“Ay, Carmela” fue estrenada por Verónica Forqué y José Luis Gómez en 1987, contando con dirección de escena a cargo del propio actor. En sus sucesivas encarnaciones, otros intérpretes como Natalia Dicenta y Manuel Galiana, o este último y Kiti Manver (ésta fue la versión que yo ví en el Teatro Guerra de Lorca el 16 de mayo de 1989) han continuado representándola una y otra vez, tanto en España como en Latinoamérica. Asimismo, en 1990 se produjo la adaptación cinematográfica, que tuvo como director a Carlos Saura y a Carmen Maura y Andrés Pajares como principales protagonistas, cosechando un importantísimo bagaje de premios (13 Goyas, incluyendo Mejor Película, Mejor Actriz y Mejor Actor, además del Premio EFA a la Mejor Actriz Europea para Maura y el de Mejor Actor para Pajares en el Festival de Montreal).

Cuando se cumplen 20 años desde que el autor puso punto final a su libreto, llega ahora este montaje, bajo dirección del gran Miguel Narros y nuevamente con la creadora del personaje, Verónica Forqué, como Carmela, acompañada por el televisivo (“Aquí no hay quien viva”) Santiago Ramos como Paulino. Lo primero que tengo que decir es que, incluso en un teatro de reducidas dimensiones como el alhameño Velasco, la obra no se queda “pequeña”, a pesar de que su único escenario y sus dos únicos personajes podrían convertirla en una experiencia claustrofóbica. Exponente de un tipo de teatro participativo, en el que el público debería ser, en ocasiones, un actor más (cosa que, a decir verdad, no sucedió anoche), “Ay, Carmela” combina casi a la perfección el drama y la comedia, y es el vehículo idóneo para que dos grandes intérpretes campen a sus anchas por un decorado austero y excelentemente iluminado.

Quisiera poder decir que el montaje que presencié anoche me causó tan buena impresión como el que ví hace 17 años en Lorca, pero diferentes circunstancias han obrado en contra de esa sensación. Para empezar, el recuerdo de la película de Carlos Saura, en la que Carmen Maura y Andrés Pajares ofrecían unas creaciones casi insuperables de sus personajes, y, además, la obra escapaba a las limitaciones del espacio escénico y, lo que es más importante, ilustraba los pormenores del drama de manera que el espectador sí “veía” a los ficticios interlocutores de los diálogos (monólogos en la función original) de los dos cómicos; de hecho, Gabino Diego, que interpretaba al mozo Gustavete, obtuvo el Goya como Mejor Actor de Reparto. Asimismo, noté cierto envaramiento en la interpretación de Verónica Forqué, como si, tras tantos años de encarnar un mismo personaje, actuase con más mecanicismo que naturalidad (recuerdo que Kiti Manver me resultó más tierna y patética, más susceptible de hacerse fácilmente “querible” por la audiencia). Santiago Ramos, como siempre, bordó su papel, y de su casi increíble naturalidad devinieron, para mí, los mejores momentos de la función.

Como dije antes, la obra presenta una unidad de espacio (el “Teatro Goya” de Belchite) pero no de tiempo, ya que, de sus dos actos y epílogo, tan sólo la primera y última parte transcurren en el momento presente, mientras que el segundo acto funciona como un flashback (término cinematográfico que, por si alguien no lo sabe, hace referencia a la narración de hechos retrospectivos dentro de la trama principal) en el que se producen los instantes más divertidos y emotivos del espectáculo, con la inclusión de canciones populares de los años 30, como “Mi jaca”, “Suspiros de España”, “Hace tiempo que vengo al taller” (de la zarzuela “La del manojo de rosas”) y el “Ay, Carmela” del título, que era uno de los cánticos del ejército rojo durante la Guerra Civil. Los actores hablan entre ellos mismos pero, asímismo, se dirigen a un invisible teniente italiano que supuestamente es quien se ocupa del control de la luminotecnia del teatro. El también imaginario “Gustavete” es el cuarto protagonista, cuya función es la de servir de “disc jockey” (o, más propiamente, “pinchadiscos”) a Paulino y Carmela.

Equilibrada entre sus momentos hilarantes y el patetismo que inunda el teatro cuando termina el segundo acto, no voy a discutir a estas alturas que “Ay, Carmela” es una muy buena obra, aunque, de lo visto anoche, comparándolo con mis otras experiencias antes enumeradas, entresaco la nada original conclusión de que sobre los actores recae un peso demasiado insoslayable, y del público se exige un esfuerzo no sólo imaginativo (entrar “a saco”, sin tapujos ni remilgos, en una trama en la que se alude constantemente a personajes inexistentes) sino también participativo, cosa que me temo que los espectadores alhameños no entendieron hasta casi el final.

Ha llovido bastante desde que en 1986 Sanchís Sinisterra estrenó esta obra que deja patente, de modo más dramático que cómico, la brutalidad e intolerancia que envuelven a cualquier contienda, tanto más si se trata de una guerra que divide a un país en dos. Ojalá pudiéramos decir que los odios fraticidas que estallaron en 1936 pertenecen a un lejanísimo pasado, pero me temo que, en estos días en los que, como entonces, parecen existir dos Españas (la del PSOE y la del PP; la de la SER y la de la COPE), una obra como ésta es necesaria aún, al menos para recordarnos que siempre existen otros métodos para el diálogo y la concordia, y ninguno de ellos pasa por el rugir de las armas.
Luis Campoy
Calificación: 8 (sobre 10)

3 comentarios :

Zambeze dijo...

Gran obra si señor!

En Huelva estuvieron hace 2 o 3 semanas. Santiago Ramos es un crack de la interpretación.

Anónimo dijo...

yo tengo una gran duda
en la pelicula en un momento cantan como una cancion, una tarantela o algo asi, alguien sabe quienes son? como se llaman? me habian dicho que igual eran els pavesos pero no son, es una cancion que dice algo como
la pescatera en la pichina...no se que no se cuanto de la medichina
alguien lo sabe? gracias

Anónimo dijo...

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