contenido de la página

Dame tu voto ¡Gracias!

Dame tu voto en HispaBloggers!

viernes, 28 de abril de 2006

Desangrado


Durante muchos años he estado (mal)acostumbrado a disfrutar de la Sanidad privada en todas sus facetas, y sin necesidad de contratar uno de esos seguros sanitarios que hoy tanto se han extendido. Sin embargo, a raíz tanto de ciertos cambios operados en mi empresa como de mi traslado a otra localidad, de un tiempo a esta parte todo ha cambiado y mi médico pasa consulta, como el de la mayoría de la gente, en el Ambulatorio o Centro de Salud del pueblo en el que vivo.

El hecho de no disfrutar de los susodichos privilegios me ha hecho tomar conciencia de un aspecto de la realidad que tenía equívocamente superado, como es el contacto directo con la enfermedad, con la humildad de quienes no pueden costearse una compañía aseguradora privada.

Eran poco más de las ocho de la mañana cuando llegaba a mi Centro de Salud. Las calles a mi paso estaban todavía casi desiertas, pero la sala de espera bullía inquieta. Al cabo de un nada aséptico instante, una enfermera coloniza una mesa vacía con toda una parafernalia de impresos y tubos de ensayo todavía vacíos. Recordándome mis tiempos de Instituto, comienza a pasar lista, y, uno a uno, van desfilando ante mí una larguísima pléyade de mujeres, de toda edad y estado civil, y tan sólo un par de despistados caballeros. Algunas “marujas” (disculpad esta expresión que no quiere ser irrespetuosa: se trata nada menos que del nombre de mi madre) cotillean demasiado estentóreamente y la enfermera les llama la atención.

Provisto finalmente de mi sediento tubito, ocupo el último lugar de la cola, nada ansioso por subirme la manga de la camisa. Cuando lo hago, una ATS morena y madura se abalanza sobre mí y en torno a mi brazo izquierdo aprieta una tira de goma elástica que no consigue que mis venas se resalten. “Si quieres, probamos el otro brazo”, le digo, conciliador. “No se preocupe, se la encuentro enseguida”, me contesta, refiriéndose, creo, a la vena. Dicho y hecho, tras una breve búsqueda, algodón alcoholizado en ristre, una aguja me penetra y un rojo torrente de sangre rica en triglicéridos mana en dirección a la jeringuilla. “Colóquese el algodón y presione bien” es la despedida de la nívea vampira, y yo, sumiso y obediente, le hago caso, logrando contener a duras penas un ligero mareo que me inspira la visión del ensangrentado algodoncito.

El sol de la mañana alhameña me saluda al salir del Ambulatorio, y deambulo por una larga calle con dirección al garaje donde me espera mi coche. Por el camino, en una maloliente papelera, deposito el trocito de algodón que se ha emborrachado con las últimas gotitas que mi sangre desechó. Y ahora, a esperar el resultado: ¿serán triglicéridos… o nitroglicerina?

¿Cuánto falta para 2008?

Hace tiempo que no escribo nada de política, y creo que lo último fue con motivo del alto el fuego “ofrecido” por ETA. Ya entonces dije que no me lo creía, que el cese total de la actividad terrorista en todas sus formas (no sólo atentados; también extorsiones, impuesto revolucionario, kale borroka, etc.) era mucho más complicado de lo que aquellos tres encapuchados manifestaron aquel día. Pues bien, es notorio que yo tenía razón, como casi todos los que recogimos aquella noticia con cierta esperanza pero con un lógico escepticismo.

Cada día estoy más desencantado de este Gobierno. No del socialismo en estado puro, no de una concepción liberal y progresista de la vida, pero sí de este ejecutivo cuya cabeza visible es José Luis Rodríguez Zapatero. Lo último que me faltaba por oir era a los representantes de la ilegalizada Batasuna exigiendo la anexión de Navarra (“Nafarroa”, como ellos la llaman) al País Vasco como condición para seguir hablando. Lo penúltimo, escuchar al Gobierno central decir que los últimos episodios de kale borroka, es decir, “terrorismo callejero de baja intensidad”, no habían sido ordenados o promovidos por la cúpula de ETA, por lo que el proceso de paz podía proseguir sin problema alguno.

A veces no entiendo de política, o seguramente nunca entendí y jamás entenderé. O sea, ¿qué tiene el poder que se hace tan tentador, tan adictivo, tan necesario? ¿Realmente hay que pactar con cualquiera bajo cualesquiera condiciones tan sólo para poder formar gobierno o para poder permanecer en él?. ¿Qué precio real tiene para España el hecho de que el señor Zapatero pase a la Historia como “el presidente bajo cuyo mandato se extinguió la amenaza del terrorismo vasco”? ¿En qué términos se está negociando con los etarras? ¿Se puede siquiera pensar en negociar sin que hayan entregado una sola arma? ¿Hasta qué punto es lícita la negociación? Yo siempre he dicho que me opongo a la pena de muerte, pero de eso a acercar o incluso a liberar antes de tiempo a asesinos convictos hay una gran diferencia. Por otra parte, y, si es cierto eso de que “cuando el río suena, agua lleva”, ¿por qué de repente es necesario contradecir a los negociadores batasunos que afirman que “Nafarroa es la columna vertebral de Euskalherría”?. ¿Tan poco vale la unidad territorial antes indiscutida?.

Como he dicho otras veces, no me parece mal, en teoría, que se pueda negociar el mayor o menor grado de autonomía de esta o aquella comunidad, siempre como consecuencia de una serie de pactos consensuados y equitativos. Que los republicanos catalanes de ERC estén pensando en votar “nulo” el tan traído y llevado Estatut me resulta un tanto grotesco, pero, al menos, todavía no han recurrido a la amenaza chantajista para conseguir sus fines. No es la primera vez que los abertzales radicales pretenden anexionarse la golosa Navarra, pero nunca antes lo habían hecho en un momento tan (aparentemente) decisivo como éste, utilizándolo como moneda de cambio para materializar o no el ansiado proceso de paz.

Lo peor de todo no es que el gobierno de Zapatero se encuentre torpedeado simultáneamente por los vascos y los catalanes (eso lleva sucediendo casi desde siempre), sino que, esta vez, los separatistas no disparan con balas de fogueo, sino con munición de verdad. Nunca como ahora ha parecido tan evidente que la unidad nacional no significa nada, y que, por el contrario, todo vale con tal de aferrarse al poder. Tal y como está deteriorada la cosa política, y aunque me encantaría que volviese a ganar una formación de izquierdas, no tengo más remedio que preguntarme en voz alta: “Señor, ¿cuánto falta para las Elecciones de 2008?”.

Barcelona, 0 - Milan, 0

A veces un marcador estático (0-0) no refleja la tensión, el dinamismo de un partido.

Pensándolo friamente, el Barça jugó el miércoles un encuentro difícil y el hecho de no poder marcar un solo gol no debe empañar el mérito de no haber encajado ninguno. O casi. ¿Fue correcta la anulación del tanto de Shevchenko por supuesta falta cometida sobre Puyol? Yo me atrevería a decir que no, o sea, que sí fue válido el gol, pero el hecho de que ninguno de los jugadores del Milan protestara la decisión arbtitral no deja de ser un dato muy relevante.

“Este no es mi Barça, que me lo han cambiao…” Eso es lo que pensaba durante el devenir del encuentro, sobre todo en la agónica segunda parte, mientras los minutos iban pasando y hasta Eto’o se dedicaba a desempeñar funciones defensivas. Ciertamente, parece mentira que este equipo sea el mismo que en los primeros compases de la Liga realizaba un juego alegre y ofensivo y materializaba tantos goles. Pero también es verdad que cada partido es un mundo, y si el objetivo era llegar a la final del 17 de Mayo en París dando por bueno el solitario gol marcado por Giuly en Milán, hay que admitir que Rijkaard diseñó la estrategia adecuada y, lo que es aún más importante, todos sus jugadores, desde el primero hasta el último, cumplieron perfecta y dócilmente su papel.

¿Cómo hubiera sido este partido de haber podido jugar Messi o, sobre todo, Xavi? Tal vez las cosas no hubieran cambiado mucho, o tal vez sí. Por muy difícil que sea decir esto, la ausencia de Xavi está empezando a dejar de notarse, y ello es debido a que el joven Andrés Iniesta está haciéndolo cada día mejor, y sólo podría reprochársele su falta de picardía, su carencia de hambre de gol. Por cierto, ¿qué pasará con este enorme jugador cuando Xavi regrese? ¿Volverá a limitarse a calentar banquillo? Sería, como dice mi madre, una triste pena. En cuanto a Messi, sus individualidades y su velocidad sí hubieran podido desequilibrar el partido, cualquier partido, pero tampoco es precisamente una máquina de marcar goles, y esto me recuerda lo que ya varias veces he comentado anteriormente: el Barça atraviesa una pequeña crisis… ofensivamente hablando.

Que Belletti desperdiciase una ocasión tan clara como la que tuvo no debería ser objeto de dramatismo alguno…. pero es que ni Ronaldinho, ni Eto’o, ni Giuly ni Larsson ni Deco fueron capaces de batir al portero Dida, y, lo que es más, cuando tuvieron la ocasión de hacerlo sus remates fueron inofensivos y casi ingenuos. Todas las veces que Ronaldinho intentó lanzamientos de falta fue incapaz de causar auténtico peligro, y Eto’o estaba demasiado ocupado del medio campo para atrás como para llegar a puerta con las botas envenenadas.

El Barcelona necesita volver a marcar goles, porque los goles, más aún que un juego defensivo a la italiana como el que Rijkaard puso en práctica el miércoles, son la sal y la esencia del fútbol. Ahora que Larsson se marcha, creo que Laporta y sus hombres de confianza deberían plantearse seriamente la necesidad de fichar a un delantero capaz de transformar todas las ocasiones que los azulgrana están sabiendo crear pero no acaban de concretar. Henry sería, indudablemente, una buena opción, y además muy mediática, pero no hay que obcecarse y, por supuesto, no dejarse cegar por la euforia de jugar una final de Champions: no basta con el llamado “jogo bonito”, este equipo tiene que golear.

miércoles, 26 de abril de 2006

Comic: "SUPERMAN / BATMAN"


Creo que nunca hasta ahora había comentado un tebeo editado por Planeta, o al menos no lo había hecho desde que, el 31 de Diciembre de 2004, dejó de publicar en España los comics Marvel. Lo cierto es que, automáticamente, yo dejé de ser seguidor habitual de las publicaciones de los “extraterrestres” (ya sabéis, proceden del planeta DeAgostini) y me hice, por la gracia de Stan Lee, consumidor fidelizado de Panini.

En todo este tiempo, creo que la única colección “planetaria” que me he decidido a comprar ha sido la miniserie “Superman/Batman: Los Mejores del Mundo”, publicada originalmente en USA en 2004 y que aquí en España va por el número 4 (el correspondiente al mes de Marzo, y es que estos chicos de Planeta llevan un molesto retraso que parece imposible de corregir). Naturalmente, si me decidí a empezar esta colección fue por el atractivo de los dos personajes protagonistas, aunque he de decir que, desde el número 1 y hasta el presente, a medida que voy leyendo me voy desengañando un poco más.

Con libreto de Jeph Loeb (el guionista de prestigiosas historias sobre diversos personajes vistos según un determinado color, como, por ejemplo, “Spiderman: Blue”) y dibujos de Ed McGuinness, la serie muestra un universo DC en el que el archienemigo de Superman, Lex Luthor, ha llegado a ser Presidente de los Estados Unidos. Algunos héroes se posicionan, más o menos de buen grado, a su favor, mientras que otros, más fieles a sí mismos que a un gobierno a todas luces corrupto, se convierten en proscritos. Este es el caso de Superman y Batman, que se convierten automáticamente en enemigos del nuevo régimen…

Tal vez (lo admito), afronto cada mes la lectura de estos comics ya disgustado por su precio, bastante desmesurado (2,50 euros, mientras que los de Panini cuestan 1,70), pero, por más que lo intento, no consigo dejarme llevar y el guión de Loeb no me engancha, ni me emociona, ni me entretiene. Sí, es indudable que es todo un lujo poder contar con un elenco de personajes secundarios como Robin, Nigthwing, Batgirl, Metron, Capitán Marvel (Shazam), Hawkman o Green Lantern (¿ya nadie le llama “Linterna Verde”?), pero hay demasiados diálogos y algunos son demasiado farragosos, y la acción, cuando por fin estalla (repito: hablo desde la lectura del número 4), no produce los efectos ni dramáticos ni aventureros que cabía esperar. Por otra parte, el dibujo de McGuinness es más bien infantil, más propio de ilustrar una aventura de los Teen Titans que de retratar a los héroes más importantes de DC.

Esto es todo cuanto tengo que decir, al menos por ahora. No tengo nada en contra de DC Comics ni tampoco de Planeta, pero mucho tendrían que cambiar las cosas para que series como “Superman / Batman” consiguiesen convertir a un lector marvelita como yo.

Riquelme


Ante la derrota del Villarreal en el partido de vuelta de la semifinal de la Liga de Campeones, no quiero limitarme a escribir el listado de tópicos habituales que en estas horas estoy leyendo y escuchando por doquier (“No pudo ser”, “El fútbol es así” y memeces similares). Prefiero decantarme por un comentario un poco más humano, que tiene que ver, cómo no, con el jugador más emblemático del equipo absurdamente conocido como “el submarino amarillo”: Juan Román Riquelme.

Riquelme, que se presentaba como la gran figura del fútbol argentino, llegó a un Barça pre-Rijkaard con la estela de gran triunfador, de gran estrella, avalado por sus innegables cualidades de centrocampista técnico y con gran visión de juego… pero algo no cuajó. Su estilo relajado y preciosista no se adaptó a las características del juego azulgarana, más nerviso, rápido y enérgico, y, al finalizar la temporada, para descontento de sus fervorosos admiradores argentinos, el hombre acabó cedido en el Villarreal, equipo en el que no tardó en recuperar su magia, su “duende”. Al lado de los Forlán, Sorín (también “despreciado” por el Barcelona) y compañía, Juan Román (llamado simplemente “Román”·por quienes le aprecian) ha escrito las mejores páginas de su fútbol, echándose a su nuevo equipo sobre sus hombros y liderándolo hasta una competición europea, hasta una semifinal de ensueño que podía haberse ganado perfectamente. El nombre de Riquelme estaba en boca de todo el mundo, su prestigio crecía y su fama le precedía, tanto que el mismísimo Arsene Wenger, entrenador del Arsenal, equipo rival del Villarreal, intentó negociar con él para ficharle.

Todo el mundo miraba a Román, todos deseaban que anoche fuese la noche en que ascendiese al Olimpo… y, sin embargo, lo que sucedió fue lo contrario de lo esperado. Después de un partido intenso en el que los amarillos merecieron un gol que no llegó a fructificar, la diosa Fortuna se apareció a Román a sólo un minuto del final. Se le encomendó la trascendental misión de lanzar un penalty, cuya resolución favorable hubiera significado que su equipo dispondría de una prórroga de 30 minutos con la que prolongar su sueño de rozar la ansiada final de París. El gran jugador, aquél de quien tantas maravillas se habían dicho y escrito a ambos lados del Oceáno, aquél que se había erigido en líder y símbolo de sus compañeros, avanzó hacia el balón, disparó… y falló.

¿Qué pasará por la mente de un hombre en un momento como ése? Siempre he oído que los penalties deberían tirarlos los defensas, capaces de emitir un disparo potente, un pepinazo imposible de parar. Sin embargo, a Riquelme, jugador eminentemente técnico, se le confirió la obligación de conseguir él solito lo que sus 9 compañeros de campo no habían logrado en los 89 minutos anteriores. Lo intentó con su habilidad característica, pero el portero contrario, con cierta ayudita de Thierry Henry (que, al parecer, había estado estudiando a fondo los lanzamientos anteriores del argentino) le leyó el pensamiento y con su parada impidió que el submarino amarillo saliese a flote.

Casi con toda seguridad, la carrera de Román continuará su línea ascendente y es probable que aún esté a tiempo de alcanzar el status de estrella al que se seguirá haciendo acreedor… pero no deja de ser triste que un jugador así haya tenido que experimentar en su propia carne lo humanos que incluso los ídolos futbolísticos pueden llegar a ser.

lunes, 24 de abril de 2006

TV: "Los Simuladores"


Habitualmente veo poca televisión, en gran parte debido a mis aficiones informáticas, como, por ejemplo, la construcción de este blog. De todas formas, tal y como está la TV últimamente, os aseguro que, si se me averiase el ordenador o si se me descuajeringase la conexión a Internet, preferiría leer un libro o un comic o ver cualquier película en el DVD, antes que perder el tiempo con estupideces como las que aparecen en pantalla cada vez que enciendo el televisor. No obstante, hay algunas series que me gustan y lamento no seguirlas con la devoción que desearía. Por ejemplo, citaría “Hospital Central” (mi favorita), la ya extinta “Siete Vidas” (sobre todo en cualquier temporada en la que hayan estado Javier Cámara, Blanca Portillo, Guillermo Toledo o Santi Millán), “Aida” o “C.S.I.”.

Hace unas semanas descubrí una nueva serie en el penúltimo canal en hacer su aparición en el panorama catódico español, Cuatro, y realmente me lo pasé “pipa” con la espectacularidad de sus tramas y lo imaginativo de sus resoluciones. Se trata de “Los Simuladores”,y debe ser por lo poquito que había oído hablar de ella por lo que he tardado tanto en engancharme.

“Los Simuladores” es una producción de Sony para Cuatro que adapta casi íntegramente un formato que viene triunfando desde hace tiempo en Argentina. Por ello es por lo que se justifica el hecho de que uno de los protagonistas, precisamente el jefe del equipo de “simuladores”, es el actor argentino Federico D’Elia, que interpreta a Mario Santos. Santos lidera una especie de comando compuesto él mismo y otros tres miembros, cuyas misiones son tan “trascendentales” como impedir que una joven se someta a una intervención de cirugía estética, que un chantajista maltratador se marche “voluntariamente” de España o que un adolescente apruebe todas las asignaturas en el examen final de junio. Para la consecución de tamaños objetivos, Santos y su equipo recurren a la más moderna y sofisticada parafernalia tecnológica, y abordan cada uno de sus casos con la misma profesionalidad que si se tratase de salvaguardar la bóveda acorazada de Fort Knox o defender los fundamentos de la cultura Occidental. No existen barreras ni limitaciones para ellos, y son eficaces tanto a la hora de infiltrarse con un micrófono en un aula donde al día siguiente va a tener lugar un examen como si tienen que hacerse pasar por policías, inspectores del Ministerio de Educación o simples limpiaventanas.

Junto a Federico D’Elia/Santos, el resto de simuladores son Antonio Garrido, que interpreta a Jota, el más imaginativo y predispuesto a disfrazarse; Bruno Lastra, que da vida a Medina, deductivo y sensible, y César Vea, el más directo y práctico de todos ellos. Confieso no estar al tanto de la vida y milagros de las carreras profesionales de ninguno de estos actores, a excepción de la de César Vea, al que acabo de nombrar en último lugar y que me suena de haberle visto en series como “Hospital Central” o “Al filo de la Ley”.

En fin, una propuesta imaginativa, divertida y además muy bien realizada, que, sin dudarlo, os recomiendo. Se titula “Los Simuladores” y podéis encontrarla los domingos a las 22:00 hrs. en Cuatro.

viernes, 21 de abril de 2006

5 comics para regalar



Mis colegas de “Tebeonauta” (http://tebeonauta.blogspot.com/) me invitan a participar en una iniciativa destinada a recomendar cinco comics para regalar con motivo del Día de Libro, que se celebra precisamente pasado mañana, festividad de Sant Jordi o San Jorge y, casualmente, el Santo de mi hijo, que, con siete años, ya está casi tan enamorado de los tebeos como yo.

Bueno, como no me especifican si ha de tratarse de comics presentes o pasados, elijo según mi modesto criterio y os recomiendo los siguientes:


- SUPREME POWER. El mejor comic que he leído en los últimos años, una visión realmente adulta de la condición superheroica, insospechadamente amena y con un dibujo estupendo de Gary Frank. El guión, por cierto, es obra de J.M. Straczynski.









- BATMAN: EL REGRESO DEL SEÑOR DE LA NOCHE. La versión definitiva del Caballero Oscuro de Gotham City, con una historia perfecta que consigue incluso enfatizar unos dibujos que no siempre están a su altura. Las dos cosas corren a cargo de Frank Miller.








- MARVELS. Ya el guión de Kurt Busiek constituye todo un hito del llamado “noveno arte”, pero es que los dibujos de Alex Ross son simplemente maravillosos. Cada página es una pequeña obra maestra, tanto visual como literariamente.









- 1602. Los héroes Marvel de la actualidad trasladados a una hipotética Edad Media en la que tendrán que sobrevivir a oscuras conspiraciones políticas y a amenazas tan
insoslayables como la Inquisición. El guión de Neil Gaiman es una delicia, y los lápices de Andy Kubert no desmerecen en absoluto.







- SPIDERMAN: BLUE. ¿Cómo no iba a recomendaros un comic en el que participa mi héroe favorito? En esta ocasión, os aconsejo esta obra relativamente reciente, en la que Jeph Loeb (guión) y Tim Sale (dibujo) nos proponen una especie de viaje temporal a una época arácnida llena de romance y aventura en estado puro.







Un cordial saludo a todos, y recordad que, en contra de lo que muchos piensan, un comic no es sino una obra de arte narrada mediante dibujos que se apoyan en unos textos muchas veces superiores a la media de las novelas publicadas.

Comic: "ASTONISHING X-MEN 8"


“Astonishing X-Men” es una de las pocas series de mutantes que compro en la actualidad. Mi presupuesto está limitado y no puedo embarcarme en la adquisición de tantos títulos como me gustaría, pero cuando ví, en la librería “Historietas” de Murcia, el primer número de la colección, volví a caer cautivado por el arte de John Cassaday, uno de esos dibujantes capaces de sobrevivir a casi cualquier entintador. En aquel primer momento, obviamente, no pude paladear las excelencias del guión a cargo de Joss Whedon, pero no era necesario: me lancé a la piscina, enamorado de los dibujos de Cassaday… y ya vamos por el número 8 y todavía no me he arrepentido.

A pesar de que no soy un experto en el tema, estoy más o menos familiarizado con el universo mutante, aunque en otra colección cuya segunda serie acaba de comenzar su andadura en Panini, “X-Men: El Fin” (de ésta hablaremos en otro momento) sí me confieso perdido en más de una ocasión, ante la proliferación de personajes para mí desconocidos. Por fortuna, Whedon, guionista televisivo (creador de la conocida serie “Buffy, la cazavampiros”) y cinematográfico (con proyectos realizados como “Serenity” y otros en curso como “Goners”) utiliza como eje central de su “Astonishing X-Men” a algunos de los hombres y mujeres X más reconocibles, como Cíclope, Lobezno, la Bestia, Kitty Pryde o un resucitado Coloso, además de una ex – villana como Emma Frost, que, de repente, ahora aparece en el lado de los buenos, y además ocupando dos puestos clave: por un lado, dirige la Escuela de Jóvenes Talentos en sustitución del profesor Xavier y, por el otro, duerme junto a Scott Summers/Cíclope en el lado de la cama que quedó vacío tras la ¿muerte? de Jean Grey. Se nota que a Joss Whedon le gusta la Frost (qué demonios, y a cualquiera que vea cómo de sexy y despampanante la dibuja Cassaday), y la posibilidad de que antes o después resurja en ella cierta atracción por el “lado oscuro” no deja de resultar atractiva. Además, la trama urdida en estos primeros números (la aparición de una cura para el gen mutante) es ciertamente apasionante, aunque no deja de resultarme desagradable (por increíble en un contexto, digamos, realista) la socorrida participación de extraterrestres, esta vez del planeta Breakworld.

Eso sí, el golpe de efecto de la terrorífica aparición del centinela y la revelación de que es la propia Sala de Peligro el nuevo y letal enemigo de los mutantes constituyen un par de grandiosos alicientes para la adquisición de este octavo episodio de “Astonishing X-Men”, que termina con una preciosa ilustración de una aterrorizada pero rutilante Emma Frost.

Comic: "LOS NUEVOS VENGADORES 4"

Hace unos días leí, disfruté y, por supuesto, registré en mi base de datos el cuarto ejemplar de la nueva colección de Los Vengadores, o, mejor dicho, la actual colección de Los Nuevos Vengadores. Con esta serie me está pasando lo que sucede siempre que las expectativas se desmesuran en función a unas críticas que evalúan no sólo la calidad de un facsímil determinado, sino el desarrollo cualitativo de una docena de ellos. Ya dije en su momento que el primer episodio me defraudó un poquito, pero sólo porque quienes habían disfrutado la colección completa (en la edición USA) la habían puesto tan por las nubes que yo analicé aquel número de debut desde una perspectiva… más terrestre. Sin embargo, episodio tras episodio, la cosa ha ido mejorando, y, no nos engañemos, amigos, Los Vengadores, con o sin el adjetivo “Nuevos” delante del sustantivo, no son los “Watchmen”, y no basta un buen planteamiento literario para conformar a los fans: hacían falta peleas, escenas de acción llenas de adrenalina y, naturalmente, tácticas de combate en equipo, que es lo que Brian Michael Bendis, el guionista, nos ha ido dosificando hasta llegar a esta cuarta entrega. He mencionado la adrenalina, pero también habría que hablar de testosterona, y, no sólo referida a un machismo belicoso mal entendido, sino a ilustraciones como la que David Finch dedica a glosar el buen estado físico de Jessica Drew, Spiderwoman. Viendo este dibujo por primera vez, uno no puede evitar explorar cada curva e imaginar cada milímetro de superheroica anatomía femenina, y el resultado es, en sí mismo, espectacular. No obstante, y ya en otro orden de cosas, algo que me pregunto es por qué se está poniendo de moda el drástico cambio de look de tantos y tantos personajes: desde un Luke Cage que apenas se parece al de los años 70 hasta ese Electro que luce una calva digna del teniente Kojak. Ya sé que hay que evolucionar con los tiempos, pero tampoco es bueno alejarse de los orígenes. Y ya que hablo de “orígenes” y “evolución”, hay destacar el regreso (aquí sólo anticipado, por cuanto no llega a aparecer físicamente) de Sauron, uno de los personajes de ascendencia prehistórica de la Marvel de los 70 (otros podrían ser Stegron, Gog y Dinosaurio Diabólico) que, visto desde la perspectiva que da el tiempo, ya resulta imposible no confundir (semánticamente) con el villano de “El Señor de los Anillos”. Por cierto, hablando de mitología tolkieniana, ¿recordáis cómo se llamaba el caballo alado de otro vengador, el Caballero Negro?.. Ni más ni menos que…. ¡Aragorn!.

miércoles, 19 de abril de 2006

Semana Santa 2006: Balance final


Ecos de tambor ya casi amortiguados…. Claveles pisoteados como formando parte del asfalto… La última Virgen entrando en la Iglesia en la última hora oficial de la Semana Santa 2006… Ya todo son recuerdos, ya todo es historia.

Un año más, me quedé con las ganas de ir a Cartagena, y un año más espero que el año que viene podré hacer realidad mi sueño, pero es justo decir que el balance final de la Semana Santa de Alhama, como ya apunté hace unos días, no es en absoluto despreciable. Es cierto que sus procesiones carecen del orden y la disciplina que caracterizan a las cartageneras, como también de la espectacularidad bíblico-ecuestre de los desfiles de Lorca, pero viendo los cortejos alhameños del Viernes Santo (tanto en su mañana como en la noche) y, sobre todo, el del apoteósico Domingo de Resurrección, uno descubre (o redescubre) que la belleza y el fervor colectivo no sólo se encuentran en las localidades más renombradas a efectos turísticos.

Tal vez para el año que viene me decida a emprender un estudio en profundidad sobre el modo en que Alhama vive su Semana Santa (como así lo he hecho este año con Cartagena), pero, de momento, me apetece ahondar un poco en la entrega de sus cofrades (personificados en sus “pasos” principales: morados, colorados, azules, blancos y negros, citados en respetuoso orden procesional), la belleza de alguna de sus tallas y el creciente estilismo reflejado en sus adornos florales, que resplandecen de color y fragancia sobre todo en la mañana del Domingo de Resurrección. Sobre esta última procesión, que, como digo, es la más alegre, brillante y espectacular, el desprevenido visitante (y yo, que apenas vivo 5 años aquí, soy poco menos que éso) no deja de sorprenderse con los “bailes” a los que los enfervorizados costaleros someten a las imágenes que portan. No puedo dejar de referirme a la música que les acompaña, que ya no se limita a melodías autóctonas como el “Vals de Nuestra Señora de los Dolores” o casi tradicionales como el “Guapa, guapa, guapa” (que ya conocía de mi estancia en Lorca, también asociado a la imagen de la Virgen), sino que va un poquito más allá y salta a “La morena de mi copla” (el celebérrimo pasodoble sobre Julio Romero de Torres y su encarnación de la mujer morena), una versión inesperada del “Over the rainbow” que cantaba Judy Garland en “El Mago de Oz” (aunque mi hijo se empeñaba en reconocerlo como “la música del anuncio de Vodafone”), y, aunque suene un poco artificioso, un marchoso “Paquito el Chocolatero” dedicado al Cristo Resucitado. ¿Realmente se trata del acompañamiento idóneo para celebrar la resurrección? Sólo puedo deciros que la mayoría de los presentes lo disfrutó mientras lo acompañaba con sus palmas.

El ambiente único que se respiraba en Alhama aquel Domingo será el mejor epitafio para una Semana Santa que se extingue pero que, gracias a la fe y, sobre todo, al tesón de aquellos que trabajan duro durante todo un año para hacerla posible, resucitará con gloria renovada dentro de menos de 365 días.

domingo, 16 de abril de 2006

Mi comentario sobre "SALVAJE"


Desconozco si los ejecutivos de Dreamworks, el estudio propiedad de Steven Spielberg, Jeffrey Katzenberg y David Geffen recién absorbido por Paramount habrán presentado una demanda contra Disney, por haber plagiado de forma escandalosa su éxito del pasado verano, “Madagascar”….. pero motivos tienen.

Lejos han quedado, perdidos en el túnel del tiempo, los tiempos en que Walt Disney Pictures era pionera tanto en ejecución de películas animadas como, sobre todo, a la hora de marcar estilos y tendencias. La animación tradicional en dos dimensiones está prácticamente muerta y enterrada, y los chicos del estudio de Tío Walt se confiaron en exceso limitándose a distribuir las maravillas digitales de Pixar, el estudio de John Lasseter y Steve Jobs, quienes crearon “Toy Story”, “Buscando a Nemo” y “Los Increíbles” (por citar tan sólo las obras que me parecen más destacables). Recientemente, y tras anunciarse que “Cars” (de próximo estreno) iba a ser la última colaboración en amor y compaña del tándem Disney/Pixar, los primeros han adquirido a los segundos por más de 7 mil millones de dólares.

Pero centrémonos en “Salvaje” (“The Wild”), el film que se supone que estamos comentando. Su argumento, con mucho de “Madagascar” y “Buscando a Nemo” y, asimismo, notables influencias de “El Rey León”, nos devuelve al ya conocido zoo de Central Park en Nueva York, en el cual viven, extraordinariamente bien avenidos, un grupo de amigos formado por la ardilla Benny, la jirafa Bridget, la anaconda Larry y el koala Nigel, además del majestuoso león Sansón y Ryan, el cachorrillo hijo de este último. Todo se pone patas arriba cuando, accidentalmente, Ryan va a parar a la selva de verdad y su padre y amigos se ven obligados a acudir a su rescate, dándose cuenta de que hace demasiadas generaciones que dejaron de ser animales salvajes………….

Ya en el reparto de personajes, por no decir en la brevísima reseña argumental que acabo de trazaros, se percibe una inequívoca y casi irritante similitud con “Madagascar”. Recordemos que en aquella ocasión los protagonistas eran un hipopótamo, una cebra y… ¡oh, casualidad!, un león y una jirafa, que vivían en el zoo de Nueva York y también emprendían un largo viaje con destino a la selva ¿virgen? (¿realmente quedan selvas vírgenes en nuestro planeta?). Con los datos apuntados (coincidencia de punto de partida y destino final, así como de dos de los protagonistas principales), la sensación de “deja vu” se me hizo evidente desde el mismo momento en que ví el trailer, aunque, más que las reminiscencias para con “Buscando a Nemo” (padre que recorre medio mundo en pos de su hijo desparecido), lo que más me ha llamado la atención es el descarado autoplagio de Disney con respecto a su magistral “El Rey León”. No sólo por cuanto se analiza (muy trivialmente en “Salvaje”, por cierto) la relación entre el Rey de la Selva y su vástago, sino por lo que respecta al “look”, al aspecto formal: toda la parte en la que aparecen los villanos de turno, los ñus comandados por un especimen tuerto llamado Kazar, está calcada, casi plano a plano, de la secuencia en que el pérfido Scar (también con una mutilación en su rostro: la cicatriz de la que tomaba su nombre) arenga a las hienas para que destruyan al Rey león Mufasa. El colorido, la coreografía y parte de la música son hijos ilegítimos de aquel ya clásico film, y esto hubiera sido menos sonrojante si se hubiera tratado de una especie de “vendetta” entre estudios rivales, pero fastidia un poco que a la antaño infalible Disney se le haya secado tanto el cerebro como para recurrir a tamaño ejercicio de análisis umbilical.

Por lo demás, “Salvaje” constituye un divertimento menor que “Madagascar”, cuyos personajes estaban mejor definidos y su humor era más cínico y poblado de gags brillantes, si bien admito que la animación y el acabado formal de “Salvaje” es soberbio, quizás porque, como ya dije en mi comentario acerca de “Ice Age 2”, la tecnología ha avanzado tan rápido que en sólo un año se han podido conseguir resultados visuales sorprendentes. De todas formas, la balanza sigue decantándose a favor de “Madagascar”, por ser la original, la que creó escuela y, asimismo, porque incluso la vertiente musical estaba más conseguida; la música de Hans Zimmer y John Barry, con toques de “Carros de fuego” y “Hawai 5-0” me convenció más que la de hoy, con Alan Silvestri y Coldplay intentando navegar en la misma nave.

Para finalizar, un aspecto en el que “Salvaje” es superior a “Madagascar” (y ya sé que ésto lo he dicho anteriormente, en otros artículos) es en el doblaje al español, y es que las voces de Miguel Angel Montero y Claudio Serrano de este film de Disney suenan muchísimo mejor que las de Alexis Valdés, Belén Rueda y, sobre todo, Paco León, que destrozaba sistemáticamente a su personaje, el león Alex de “Madagascar”.

Calificación: 5 (sobre 10)

Luis Campoy

viernes, 14 de abril de 2006

En lo más santo de la Semana Santa


Como muchos ya sabréis, vivo desde hace años en Alhama, un pueblo más o menos pequeño y más o menos tranquilo situado en las faldas de Sierra Espuña y en el centro exacto de una línea recta imaginaria cuyos extremos serían la ciudad de Murcia (la capital de la Región) y Lorca (donde trabajo).

Estamos en Semana Santa, y ya os dejé hace unos días mi tributo a las procesiones de Cartagena, aquéllas que he mamado desde pequeño como equivalente paterno a la leche de mi madre y a las que echo mucho de menos, tanto más cuando más difícil es cada año planificar una escapadita a aquella ciudad, al menos en estas fechas. Las cosas cambian y la gente cambia, y las enfermedades de mi madre le desaconsejan los largos paseos por calles inaccesibles al tráfico de coches, a mi padre los cortejos de marrajos y californios se le antojan tan largos como imposibles de volver a presenciar, a mis hijos les parece que el rigor castrense de los nazarenos cartageneros les impedirá recibir tantos caramelos como aquí y a mi pareja simplemente no le gustan las procesiones. Sé que, llegado el momento, sería esta última la primera en ceder, pero algo en mi interior me impide convertir a ninguno de ellos en víctimas de mi egoísmo, así que imagino que, un año más, tendré que "conformarme" con admirar los desfiles procesionales alhameños.

Por cierto, si bien sigo manteniendo la calidad casi insospechada de las tallas que aquí desfilan, tengo que dejar constancia de lo insoportables que a todos nos resultaron las dos procesiones que presenciamos, ayer, Jueves Santo, y ello a pesar de que nos sentamos en sillas dispuestas al efecto y cuya explotación, cómo no, corría a cargo de inmigrantes sudamericanos. Acostumbrado todavía al orden y disciplina de Cartagena, me chocó sobremanera comprobar cómo los nazarenos de aquí van cada uno a su aire, cada cual a su paso, y, lo que es peor, a un ritmo tan equívocamente sosegado que el cortejo se hace eterno. Concretamente, la procesión del Silencio parecía que jamás iba a acabarse, y desde que los primeros nazarenos aparecieron en mi campo visual hasta que pasaron frente a mí transcurrieron tantos gélidos minutos que yo y los míos decidimos levantarnos de las sillas y (con mis disculpas a los cofrades) cruzar la calle y las filas de manolas en busca de un reconfortante chocolate en la cafetería de la esquina.

Tal vez simplemente no se puede exigir aquéllo que no existe (la disciplina y marcialidad), tal vez yo tengo equivocadamente arraigados parámetros equivocados, y tal vez los alhameños y sobre todo las alhameñas se esfuerzan y se lucen más durante la fiesta de los Mayos o la de los Carnavales; de hecho, he conocido a alguna capaz de ejercer la ostentación de su disfraz durante todos los meses del año, con tanta habilidad que todo parecía justamente lo contrario de lo que en realidad era.

Lo confieso: ayer pensé que, ya que me es tan imposible disfrutar de “mi” Semana Santa cartagenera, tal vez debería integrarme en alguno de los Pasos o cofradías alhameñas (en el Blanco, por supuesto, al igual que en Lorca) y participar activamente y quién sabe si compartir mis opiniones acerca de que el orden y el ritmo son beneficiosos y sin duda resaltarían la belleza de los tronos y las tallas.

miércoles, 12 de abril de 2006

Historias de barbería

Siguiendo una especie de tradición no escrita, esta tarde he ido con mi hijo al barbero (equivalente masculino y varonil de ese tan injustamente denostado peluquero que atusa los cabellos de las damas), y juntos hemos compartido ese momento trascendental en el que nuestras cabezas se han ido despoblando de folículos pilosos hipertrofiados, al tiempo que el suelo de la barbería y esa especie de baberos que nos cubrían se iban tiñendo de desechos capilares.

El caso es que, como en cualquier barbería del mundo, en la que yo frecuento se producen ditirámbicas conversaciones que hoy no me resisto a rememorar. Por ejemplo, me ha chocado un diálogo entre un anciano cliente y su no menos maduro estilista capilar. Los dos señores hablaban de los incidentes racistas ocurridos el sábado durante el partido de Liga entre el Racing de Santander y el Fútbol Club Barcelona, y uno de ellos le decía al otro: “¿Será posible? Por cuatro cosas que le dijeron, el Eto’o ése ya se quería ir otra vez del campo” “Lo que tenía que hacer ese negro de mierda”, le respondió su interlocutor, “era irse de España y volverse a su tierra”.

Algo menos racista fue la conversación que yo mismo mantuve con el otro barbero, que empezó hablando de la Semana Santa de Lorca (“donde los Blancos se pegan con los Azules”), y, después de un interesante tramo en el que comentamos nuestras experiencias musicales, terminamos refiriéndonos a la salida de prisión de Arnaldo Otegi. Hacía tiempo que no recordaba mis conciertos playeros acompañado de mi vieja guitarra, bajo un sol alicantino que no siempre se nublaba; también he reverdecido recuerdos más recientes, con mi acústica de doce cuerdas desgranando metálicos acordes al tiempo que yo expoliaba el repertorio de Loquillo o Los Secretos. En cuanto a Otegi, no creo que nadie (al menos en este retazo de España) hable bien de tan siniestro personaje, por muy útil que pueda ser para la formalización del alto el fuego etarra, así que ya os podéis imaginar las aplicaciones que el mago del cuero cabelludo daría a su navaja y sus tijeras.

Son historias de barbería, perlas de la jerga más coloquial que vivimos los hombres mientras nos acicalamos o acicalan, y que a buen seguro mi hijo no recordará, por cuanto estaba más pendiente de su manada de dinosaurios que de los desvaríos de su padre y su barbero. En cualquier caso, creo mi deber mostrarle al chavalín ese aspecto del mundo masculino que su madre muy difícilmente le podría enseñar.

martes, 11 de abril de 2006

Mi comentario sobre “TIRANTE EL BLANCO”


Vicente Aranda está a punto de cumplir 80 años, pero, sinceramente, no creo que “Tirante el Blanco” sea, ni mucho menos, una prueba evidente de que chochea. Simplemente, le ha salido una mala película.

Tal y como cuenta Joanot Martorell en su célebre novela “de caballerías”, publicada en el siglo XV, Tirante el Blanco es un famoso caballero andante, capitán de su propia mesnada, que es requerido por el Emperador de Constantinopla para proteger tanto la ciudad como la virginidad de su hija Carmesina, a la que está pensando ofrecer en matrimonio al Gran Turco, líder de los otomanos que acechan tras los muros. Sin embargo, las cosas no son tan simples, y Tirante caerá pronto en las redes tejidas por la cohorte de damas que rodean a Carmesina…

Para no ser totalmente negativo respecto a esta película que ví (en el cine, of course) el sábado por la noche, empezaré diciendo que el diseño de vestuario es sublime y la música, obra de José Nieto, me pareció particularmente inspirada y adecuada, sorprendiéndome lo bien grabada que está.

Pero todo lo demás que se me ocurre no es precisamente positivo. Desde el mismo arranque de la película (la nave de Tirante arribando a un puerto de Constantinopla que se nota a la legua que está pésimamente reconstruído por ordenador), me asaltó la necesidad de reir… precisamente en las escenas menos apropiadas, mientras que, cuando sí era preceptivo liberar algunas sonrisas, éstas se hallaban tan perdidas entre los bostezos que las acompañaban, que casi era mejor no exteriorizarlas.

En el mismísimo “Don Quijote de la Mancha”, Miguel de Cervantes rinde homenaje al “Tirant lo Blanc” literario, salvándolo del fuego purificador al que los amigos de Alonso Quijano someten al resto de novelas caballerescas que pueblan las estanterías del hidalgo. Sin embargo, la traslación fílmica que firma Vicente Aranda es una sucesión de despropósitos desde el principio hasta el final, y ni siquiera el handicap de haber tenido que rodar en inglés (por exigencias de los coproductores británicos) ni las evidentísimas carencias presupuestarias me valen como excusa para paliar sus deficiencias.

Para empezar, Aranda ha metido la pata en la selección del casting, tal vez demasiado sujeto a las ya citadas servidumbres de cara a sus socios financieros ingleses, aunque la elección del británico Caspar Zafer como protagonista no es lo peor, ya que Zafer, al menos, tiene la apostura y gallardía necesarias. Rafael Amargo pone su palmito al servicio del Gran Turco, y aunque está más bien hierático e impasible, tampoco resulta particularmente molesto. Giancarlo Giannini cada día es peor actor, y aquí está pasadísimo o ausente, según los planos, pero ni siquiera ése es el peor de los males del film. El verdadero lastre de “Tirante el Blanco” es, sin duda, la joven Esther Nubiola, seguramente la peor Carmesina posible, incapaz de expresar emoción alguna, con una belleza que, como la fe o el valor en la mili, hay que dar por supuesta casi sin verla, y, sobre todo, con una voz y una dicción que son de lo peor que he oído en el cine español, al menos en un papel protagonista. Menos mal que están por allí Leonor Watling (mucho más guapa, más sexy y mejor actriz), Ingrid Rubio (poco favorecida en lo físico, pero componiendo un personaje encantador) y, sobre todo, Victoria Abril, que borda su papel de cortesana manipuladora y que a duras penas puede contener su lujuria.

Tratándose de una película de Aranda, era previsible que antes o después la trama de “Tirante el Blanco” acabaría propiciando un desfile de tetas y culos ciertamente de muy buen ver (incluso los de señoras entraditas en años como Victoria Abril o Jane Asher, la inglesa que hace de emperatriz), pero, para cuando esto sucede, yo llevaba tanto rato agitándome nervioso en la butaca que la líbido ya estaba tan adormecida como yo.

Quizás a alguien le extrañe que Vicente Aranda se haya atrevido a filmar una película de aventuras que requería dos o tres batallas y algunas escenas de masas, no tanto por la avanzada edad del realizador como por tratarse de un género que no es el suyo. Evidentemente, y esto me parece clarísimo, Aranda compró o alquiló tres DVDs en los que indudablemente se ha inspirado: “El reino de los cielos”, “Alejandro Magno” y “Gladiator”. De “El reino de los cielos” ha tomado prestados, además del diseño de los decorados y los vestuarios, los entresijos de la defensa de una ciudad cristiana (Jerusalén en aquel caso, Constantinopla en el presente) asediada por no tan fieros musulmanes; de “Alejandro Magno” copia la relación entre el protagonista y su lugarteniente (allí, Hefestión: Jared Leto; aquí, Diafebus: Charlie Cox); y, naturalmente, de “Gladiator”, ha plagiado la concepción y coreografía de las batallas. Sobre este último aspecto cabe lamentar la poca imaginación de Aranda o de su director de segunda unidad, a quienes, ante la evidente carencia tanto presupuestaria como logística (donde debería haber miles de figurantes, apenas aparecen decenas de ellos), tan sólo se les ocurre utilizar el mismo e insoportable recurso exhibido en el film protagonizado por Russell Crowe. Los ralentís ya me parecieron exasperantes en “Gladiator” (recuerdo que pensé, y sigo pensando, que era una pena que secuencias tan espectacularmente filmadas se estropeasen así en la moviola), pero es que la cámara lenta de Aranda, más que ralentizar, lo que hace es paralizar, lo que en absoluto mejora la carga dramática de la secuencia. Muy mal.

Me da pena decirlo, pero “Tirante el Blanco” es lo peor que he visto en el cine este año, y, seguramente, también el pasado. Se mire por donde se mire, una película que pretende ser espectacular y se queda en paupérrima, que trata de ser divertida y lo único que consigue es aburrir, que tan sólo cuenta en su haber con un mínimo cuidado estético y alguna (aislada) buena interpretación actoral… no puede ser considerada una buena película, y tan sólo cabe esperar que Vicente Aranda, ya prácticamente octogenario, tenga todavía la oportunidad de entonar un canto de cisne a la altura de algunos de sus trabajos anteriores.


Calificación: 4 (sobre 10)

Luis Campoy

lunes, 10 de abril de 2006

Mi comentario sobre "V DE VENDETTA"


¿Cómo convenceros de que debéis ir a ver “V de Vendetta”, una película basada en un tebeo…?

Películas que adaptan personajes de comic al celuloide las hay buenas (“Superman”, “Spiderman 2”, los “Batman” que no dirigió Joel Schumacher), regulares (“La Liga de los hombres extraordinarios”, “Hulk”) o simplemente malas (“Flash Gordon”, “El Castigador”, “Batman forever” y, sobre todo, “Batman & Robin”, estas dos últimas dirigidas por un Schumacher particularmente insufrible). A “V de Vendetta”, la película que nos ocupa, la incluyo de lleno en el primer apartado, en el olimpo de los comics que devienen grandes películas.

Inglaterra, 5 de Noviembre de 1605. Guy Fawkes, una especie de prototerrorista del siglo XVII, intenta volar el Parlamento británico y, de paso, eliminar al Rey Jaime I, en un acto de protesta contra un régimen dictatorial que favorece a la aristocracia y olvida y somete a las clases más bajas. Sin embargo, el plan de Fawkes es abortado por las autoridades y éste es condenado a muerte. Más de 4 siglos después, en un Londres sometido por un gobierno totalitario de inequívocas reminiscencias nazis, un misterioso terrorista que cubre su rostro con una careta que reproduce la cara de Guy Fawkes y tan sólo responde al nombre de “V”, rescata a una muchacha de las garras de los “dedos”, agentes de policía que constituyen una prolongación del largo brazo del régimen. Entre la joven, llamada Evey, y el enmascarado V se establece pronto una ambigua relación, que cambiará para siempre la vida de aquélla y tendrá su punto culminante precisamente un día 5 de Noviembre……..

Como todo el mundo sabe, “vendetta” significa “venganza” en italiano, y el término se ha acabado por universalizar, en parte gracias a las películas sobre mafiosos que toman represalia sobre sus enemigos. “V de Vendetta”, el comic, vio la luz en 1982 y fue escrito por Alan Moore y dibujado por David Lloyd. Moore (autor, asimismo, de las historias gráficas que sirvieron de base a “Desde el infierno”, la citada “La Liga de los hombres extraordinarios” y la excelente “Watchmen”, a punto de convertirse en película) concibió su obra en una época en la que las medidas represoras de la primera ministra Margaret Thatcher (conocida popularmente como “La Dama de Hierro”) fomentaban la creatividad y hacían casi atractivo a un asesino anarquista que luchaba denodadamente contra un gobierno que rozaba el fascismo. Llevar a la pantalla este estupendo comic estuvo en la mente del productor Joel Silver (artífice de sagas como “Jungla de cristal”, “Arma letal” y “Matrix”) casi desde el principio, si bien diversas dificultades (el presentar como héroe al que teóricamente debería ser el villano, y, sobre todo, el miedo del guionista Alan Moore ante la posibilidad de que una mala película repercutiese negativamente sobre el prestigio de su obra predilecta) impidieron que el proyecto fuese una realidad… hasta ahora.

Fueron los hermanos Larry y Andy Wachowski, directores de la trilogía de “Matrix”, los más interesados en dar vida fílmica a “V de Vendetta”, pero finalmente se han limitado a tareas de supervisión y producción (aunque las malas lenguas les atribuyen algo más de autoría) y han decidido dar la venia al debutante James McTeigue, director de segunda unidad en las dos últimas entregas de “Matrix” y también en las dos últimas de “Star Wars”. McTeigue, quizás contra pronóstico, se las ingenia para componer un poderoso film de aventuras que no cae en la tentación de intentar acercarse al público infantil y, a pesar de que jamás resulta aburrido, sabe encontrar el ritmo en las escenas intimistas, dosificando inteligentemente las secuencias de acción.

Aprovecho la presente oportunidad para formular mi teoría acerca de cuáles son las claves para que una película de superhéroes goce tanto del favor de la crítica como del éxito entre el público: 1) resultar entretenida, pero dosificar las escenas de acción; 2) trabajar tan intensamente el guión como si tratase de una adaptación de teatro clásico; es un error dirigirse a un hipotético público infantil formado por niños idiotas; 3) prescindir del humor que no sea estrictamente necesario; 4) hacer al protagonista tan creíble y humano como se pueda, explicando los orígenes de su poder o destreza y haciéndolo accesible; 5) no olvidar que, para que un héroe sea digno de admiración, tiene que existir un villano no menos formidable; 6) no ceder a la tentación de supeditar la película al lucimiento de los efectos especiales, en particular aquéllos generados por ordenador. “V de Vendetta”, al igual que, por ejemplo, el último gran peliculón basado en un comic, “Batman begins” (Christopher Nolan, 2005), cumple a rajatabla la mayoría de los 6 puntos que acabo de citar. Su sustrato argumental no por ser futurista (la acción transcurre en un punto indeterminado del siglo XXI) es menos viable: un estado en el que la democracia se ha hincado de rodillas ante el totalitarismo y en el que el héroe de los desfavorecidos es el enemigo de los gobernantes. La riqueza de sus diálogos (sobre todo, los pronunciados por V) es sorprendente, tratándose, al fin y al cabo, de un film sacado de un tebeo. Los tres personajes principales (V, Evey y el inspector que les sigue la pista a ambos) están descritos con los trazos justos para aparecer reales y cercanos. Ni el héroe, V, ni el villano (el dictador Sutler) poseen superpoder alguno, ni sus fines son imposibles de lograr de acuerdo a los medios de que disponen. La película está narrada en tono dramático, lo cual acentúa la sensación de que lo que se nos cuenta “podría suceder”. La realización es más que correcta, apostando por un estilo clásico (aunque hay algunos planos a cámara lenta, no se abusa de este artificioso recurso). Como queda manifiesto que el espectador potencial del producto no son los niños de menos de 14 años, el director se permite el lujo de explicitar algunos actos violentos, eso sí, concentrados en las pocas (pero formidables) escenas de lucha. Finalmente, los planos que contienen efectos especiales son los estrictamente necesarios, con cuidado de quedar siempre supeditados al desarrollo de la trama y nunca a la inversa.

“Remember, remember, the fith of november” (“recuerden, recuerden, el cinco de noviembre”) es una tonadilla infantil que conmemora la “hazaña” fallida de Guy Fawkes, convertida en día de fiesta en el que los ingleses se abandonan a la pirotecnia y los fuegos artificiales. En este mismo sentido, también “V de Vendetta”, tanto comic como película, elogian al terrorista, al enemigo del Estado, mientras que los gobernantes y las fuerzas de seguridad son descritos como instituciones represoras cuyo únicos objetivos son el poder y el control absolutos. Evey, el personaje que acapara más minutos de metraje y, por tanto, el teórico protagonista del film, aprende de la forma más brusca posible el precio a pagar para la consecución de la libertad, y no es otro que la ingenuidad y la inocencia: la lucha armada como única opción no es para los débiles ni los pusilánimes.

Rodada el año pasado, la película tuvo que sobreponerse al handicap de que, una vez filmada la escena del tren repleto de bombas con destino al Parlamento, se produjo en la realidad un hecho trágicamente similar (unos terroristas supuestamente islámicos atentaron contra el metro londinense), si bien los responsables del film decidieron demorar un poco el estreno con tal de mantener la integridad de su filosofía. Llena de momentos imborrables, como casi todas las escenas en las que aparece V, o el momento en que Evey “madura” al ser desposeída de su cabellera, o la historia de la desdichada Valerie (prodigio de concisión narrativa: cuenta una minipelícula en apenas unos minutos y unos pocos planos), o las fichas de dominó cayendo las unas sobre las otras, o la marcha solemne de centenares de ciudadanos vistiendo la careta y la capa del enmascarado, “V de Vendetta” seguramente será recordada por su vibrante acabado formal y su sorprendente intensidad dramática (repitámoslo de nuevo: se trata de la adaptación de un comic). Sin embargo, no dejemos de lado las interpretaciones de sus protagonistas, con una fantástica Natalie Portman que hace olvidar con un solo pestañeo a su Senadora Amidala de la primera trilogía de “Star Wars”; su creación de Evey, cuyo nombre remite al de la primera mujer según la Biblia, es desgarrada y conmovedora, con especial atención a la secuencia de su afeitado craneal, momento ansiado de rodar por la actriz, que alucinaba pensando en ese drástico cambio de imagen que, por otra parte, casi la favorece. Stephen Rea (“Juego de lágrimas”, “Entrevista con el vampiro”) es el inspector Finch, el perseguidor de V y Evey, y lo encontré demasiado inexpresivo en gestos y demasiado pasado en kilos (aunque esto es más bien irrelevante). Stephen Fry (que dio vida al dramaturgo Oscar Wilde en “Wilde”), portentoso, interpreta a Deitrich, el presentador televisivo que acoge a Evey y paga muy cara su “diferencia”. John Hurt (siempre recordado por ser el portador del primer “Alien”) presta su saber hacer y sus arrugas al dictador Sutler. Pero ¿quién demonios es V?. El primer actor que se puso la careta fue James Purefoy, pero algo fallaba en su interpretación, y fue sustituído por el estupendo Hugo Weaving, al que recordamos como el multiclonado agente Smith de la trilogía “Matrix” y también como Elrond, monarca de los elfos y padre de Arwen (Liv Tyler) en otra trilogía, la de “El Señor de los Anillos”. Weaving, a pesar de que nunca jamás enseña una sola porción de su rostro, crea un personaje de impactante presencia, mezcla de majestuosidad y peligrosidad, apoyado en una gesticulación precisa y (esto último es de suponer, por cuanto la copia que yo ví estaba doblada) una voz como mínimo tan poderosa como la de Armando Carreras, quien le dobla maravillosamente al español. Con evidentes reminiscencias tanto de Batman como del Fantasma de la Opera, me parece que tan sólo el hecho de que (obviamente) no habrá una secuela impedirá que V alcance la repercusión de tantos otros héroes nacidos en una viñeta.

Si de algo os valen los consejos que voy desperdigando en esta página, no echéis en saco roto el que os brindo ahora: “V de Vendetta” es entretenimiento inteligente, espectáculo fascinante y, en estos tiempos de debate sobre el modo en que libertad y terrorismo parecen ir indisolublemente ligados, una buena ocasión para sentarse (en una butaca) y reflexionar.

Calificación: 9 (sobre 10)

Luis Campoy

viernes, 7 de abril de 2006

Comic: "JOVENES VENGADORES"


De “éxito rotundo” califica Julián Clemente a la nueva propuesta que este mes de Abril estrena Panini Comics, “Los Jóvenes Vengadores”. Es lógico que el personal de la editorial italiana alabe los productos que publica, pero, sinceramente, el primer número a mí no me ha parecido demasiado exitoso.

El argumento de la nueva colección es el siguiente: tras la disolución de los Vengadores (y antes de la formación de los Nuevos Vengadores), un grupo formado por 4 jóvenes héroes disfrazados cuya apariencia recuerda a la de los extintos “Héroes más poderosos de la Tierra” toma posesión de las ruinas de su mansión y acomete la ejecución de diversos actos heroicos que no pasan desapercibidos al diario “Daily Bugle”, dirigido por el beatífico J. Jonah Jameson y para el que trabajan las redactoras Kat Farrell y Jessica Jones, la cual, años atrás, desarrolló una breve carrera superheroica bajo el alias de “Joya”…

Estos “Jóvenes Vengadores” a los que el Bugle denomina “Teniente América”, “Hulkito”, “Iron Kid” y “Thor Junior”, ostentan en realidad otros apelativos no mucho menos estúpidos, como “Patriota”, “Hulkling”, “Iron Lad” y “Asgardiano”, y su alineación recuerda a la primera que tuvieron los Vengadores originales allá por los primeros años 60, con Thor, Iron Man y Hulk (además de la Avispa y el Hombre Hormiga), a los que pronto se uniría un descongelado Capitán América. Estos recién llegados son chavales que, en la mejor tradición de Spiderman, están tanto o más preocupados por sus exámenes del Instituto que por los supervillanos a los que han de enfrentarse, y, por lo que se ve en el primer número, uno de ellos guarda un secreto relacionado con el peor enemigo de los Vengadores, y otro no está tan inspirado en el Capi América como en su difunto compañero, Bucky Barnes. ¿Son éstas las bazas principales que el guionista Allan Heinberg va a explotar en las sucesivas entregas?.

En mi opinión, la colección a la que más recuerda “Jóvenes Vengadores” no es la serie matriz (“Los Vengadores”)… sino “Spidergirl”. En este sentido, el aspecto visual es inequívoco: el estilo de dibujo, obra de Jim Cheung, es casi idéntico al de Pat Olliffe, responsable de los bocetos tanto de las aventuras de la hija del Hombre Araña como de la celebrada colección “Las historias jamás contadas de Spiderman”. Temáticamente, establecer paralelismos tampoco es muy difícil. Lo de que un nuevo grupo de héroes trata de ocupar el hueco dejado por otros supertipos ausentes ya lo habíamos visto antes, concretamente en “Thunderbolts”, y la participación directa de Kat Farrell y, sobre todo, Jessica Jones, remite invariablemente a colecciones recientes como “Secret War” o “The Pulse” (también publicadas por Panini).

Así pues, ¿dónde está la novedad de la nueva serie? En el dibujo no, y tampoco en el argumento. Si hablamos de arte, los dibujos de David Finch para “Los Nuevos Vengadores” están mucho mejor, y, en cuanto al guión y los diálogos, los de Tom De Falco en la citada “Spidergirl” eran más frescos, sin mencionar que, por ejemplo, “Runaways”, que comparte una temática similar, es bastante más divertida. ¿Qué queréis que os diga? A mí “Jóvenes Vengadores” me ha dejado un poco frío, por muy rotundo que haya sido su éxito en los USA.

Mi comentario sobre "ICE AGE 2"


Hace 4 años y de forma casi inesperada, un film con muy pocas ambiciones lograba salvar del cierre asegurado a la división animada de la poderosa 20th Century Fox. Se trataba, naturalmente, de “La Edad de Hielo” (“Ice Age”, 2002) y su sorprendente éxito consiguió paliar los anteriores fracasos (comerciales) de títulos como “Anastasia” o “Titan A.E.” (ambos, por cierto, del otrora bien considerado Don Bluth). Dirigida por Chris Wedge y Ricardo Saldanha, “La Edad de Hielo” lucía una animación digital más bien pedestre y si destacaba por algo era por su sentido del humor, que se tomaba a broma una historia en la que un puñado de animales prehistóricos (el mamut Manfred, el tigre de dientes de sable Diego y el perezoso Sid) trataban de proteger a un bebé humano.

Como todos sabemos, “hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad” (me permitiréis que os ilumine recordándoos que esa tonadilla la cantaba Don Hilarión en la zarzuela “La Verbena de la Paloma”), y lo primero que tengo que decir respecto a “Ice Age 2: El deshielo” es que su aspecto visual ha mejorado como de la noche al día. Tal vez los niños que abarrotan las salas en las que se exhibe desde el pasado viernes no se fijan en detalles como éste, pero hay que quitarse el sombrero ante la perfección técnica que reúne este producto. Los movimientos de los animales protagonistas y los bellísimos paisajes que recorren parecen extraídos de un documental, los litros y litros de agua procedentes de la “descongelación” de inmensas placas de hielo son tanto o más reales que los que aparecían en “Buscando a Nemo” o “El espantatiburones” y, sobre todo, la textura de los pelajes de mamuts, tigres, armadillos, ardillas y demás bichos es tan asombrosamente realista que te deja con la boca abierta.

El argumento es más bien esquemático: los bloques de hielo que conforman gran parte del mundo prehistórico comienzan a sucumbir ante el calor, y los protagonistas de la primera “Edad de hielo” se ven obligados, al igual que otros miles de animales, a huir del deshielo y buscar otros horizontes más seguros. Me sorprendió (aunque sólo un poco) que una película que contiene tan prodigioso despliegue tecnológico hubiese descuidado de esta manera el aspecto argumental, pero también debo decir que la falta de densidad temática está contrarrestada por un sinfín de momentos humorísticos concebidos como si se tratase de sketches de una película de Chaplin. Naturalmente, los “gags” más divertidos los protagoniza la ardilla Scrat, que ya aparecía en el primer film y aquí tiene aún mayor relieve. Sus intervenciones son como intermedios humorísticos desligados de la línea argumental principal, y es casi imposible no reirse con las rocambolescas desventuras de este roedor adicto a las bellotas.

Además de Manfred (al que ahora se le llama por su diminitivo, “Manny”), Diego y Sid, en “IA2” aparecen nuevos personajes como el mamut hembra Ellie (destinada a emparejarse con Manfred, ya que aparentemente son los últimos mamuts sobre la faz de la Tierra), las zarigüeyas Crash y Eddie, el armadillo Tony el Rápido y tres villanos como el buitre Pistolero Solitario y los terribles reptiles Cretáceo y Torbellino, cuyas apariciones remiten visualmente a “Tiburón”. En cuanto al doblaje español, es de agradecer que se haya recuperado la cordura y se haya confiado su ejecución a la pericia de los dobladores profesionales, eludiendo casos como los de “El espantatiburones” y “Madagascar”, en las que cómicos de moda como Fernando Tejero y Paco León demostraron lo fácil que es hacer el memo y lo difícil de cuajar una buena interpretación solamente con la voz.

Dirigida en solitario por uno de los codirectores de la primera entrega, Carlos Saldanha (el otro, Chris Wedge, se reserva tareas de productor ejecutivo), “Ice Age 2” asegura una hora y media de entretenimiento “blanco” (nunca mejor dicho, tratándose de hielo) y una oleada de carcajadas que, al menos, no nos hacen sentir vergüenza ajena. Su puesta en escena, su humor irresistible, sus dosis de aventura y su mensaje inequívoco en pro de la amistad y la tolerancia interracial hacen de este film el éxito seguro de estas vacaciones, y tan sólo quisiera dejar caer, una vez más, mi oposición al hecho de que se nos obligue a sentirnos una colonia cultural de los amigos estadounidenses. ¿Por qué demonios tenemos que ir a ver “Ige Age 2” (título que hasta es difícil de pronunciar) y no “La Edad de Hielo 2”?. Y, por cierto, si en esta segunda parte hemos presenciado el deshielo del planeta, ¿cómo se llamará la tercera película? (porque lo del “hielo” en el título ya no tendrá razón de ser).


Calificación: 7,5 (sobre 10)

Luis Campoy

La COPE, expulsada del EGM

Se veía venir: después de los sucesos que comentábamos aquí hace unos días (un equipo de periodistas comandados por José Antonio Abellán, actual director de los programas deportivos de la cadena de los Obispos, habían falsificado los resultados del Estudio General de Medios), la comisión gestora encargada de realizar y publicar el EGM ha decidido, por mayoría absoluta, expulsar a la COPE del ámbito dicho estudio. Recordemos que el famoso “Estudio General de Medios” es un baremo que sirve de base a publicistas y anunciantes, y afecta a emisoras de radio, periódicos y televisiones. Durante la asamblea celebrada ayer, la casi totalidad de los miembros de la comisión votaron a favor de la expulsión de la antaño conocida como “Radio Popular” (ahora que lo pienso, tal vez hubiese sido demasiado obvio mantener ese nombre en las actuales circunstancias), con la excepción de medios de comunicación afines al PP, tales como el Diario “El Mundo” y algunas televisiones autonómicas.

Hay quien opina que la COPE no actuó del todo ilícitamente, ya que Jesús de Polanco, propietario de empresas como el diario “El País” y la Cadena SER, es, al parecer, dueño también de una institución que elabora encuestas para el EGM. Yo desconozco si es verdad o no que Polanco extiende su largo brazo al terreno de los sondeos demoscópicos, pero lo que sí es cierto es que en todos los medios de comunicación que pude escuchar o visionar ayer y en todos los que he leído hoy se da o se dio cuenta de la expulsión de la cadena episcopal, luego se trata de una información veraz y contrastada, adoptada en base a unos hechos inequívocamente probados. ¿Me parecería bien, en caso de ser cierto, que un empresario cuyas empresas son sondeadas tomase parte en la elaboración de los sondeos? Obviamente, no. Pero tampoco me pareció bien (y ésto sí es un hecho) que periodistas de una determinada emisora tomaran parte en la realización de un fraude.

Tal vez, a lo largo de estos meses, os haya dado la impresión de que no me gusta el estilo de la COPE. Y es cierto. He colaborado con ellos, aunque externamente (mi programa radiofónico se emitió durante un tiempo en esa cadena), como también he colaborado con otras emisoras más o menos conocidas (entre ellas, por cierto, la SER). Pero cuando digo que no me gusta su estilo no me refiero a actitudes directamente referidas a mí, sino generalizadas. A lo que me refiero es a su forma de entender la comunicación, a la ideología que no ocultan (y que tal vez no tienen por qué ocultar). Personalmente, me cansa que, al abordar cualquier tipo de información, por muy local o intrascendente que sea, se termine invariablemente por descalificar al partido actualmente en el gobierno, y casi siempre con fuertes acusaciones y con insultos a menudo no sólo insinuados. Me irrita el tono ofensivo, tremendista y apocalíptico de alguno de sus comentaristas más destacados (y esta vez no voy a dar nombres). Me desagrada que en ciertos programas se publicite la edición de libros en los que se presenta la homosexualidad como “una enfermedad curable con terapia” (esto lo oí yo en dicha emisora el pasado verano). Y, por mucho que me guste la Semana Santa, me aburre soberanamente que cada dos por tres se esté hablando de la Iglesia, del Papa y de la muy respetable Conferencia Episcopal. Vosotros me diréis: “Pues, si no te gusta, cambia de cadena”. Y yo os contestaré: “Eso es precisamente lo que hago”.

Si en algún momento de este artículo (o en cualquier otro anteriormente publicado aquí) habéis interpretado que os conmino o invito a dejar de sintonizar la COPE, os presento mis excusas, porque jamás ha sido ésa mi intención. Podéis y debéis esgrimir vuestro legítimo derecho a pensar como os venga en gana y a informaros y entreteneros de la forma que más os plazca. Eso, amigos, es lo mismo que hago yo. Con todos mis respetos.

martes, 4 de abril de 2006

Semana Santa en Cartagena


Aunque no me definiría como un hombre religioso (mis nueve años en un colegio de curas no curaron mi agnosticismo natural), en momentos como éste, cuando se aproxima la Semana Santa, sí me siento particularmente próximo a la inquietud de quienes se emocionan al paso de una procesión.

Nací en Alicante y he vivido largos años de mi existencia en las localidades murcianas de Lorca y Alhama, pero, a excepción de un breve período de mi estancia en la Ciudad del Sol, donde llegué a participar más o menos activamente de la trastienda de su magno acontecer bíblico-pasional, no he querido o no he sabido “desintoxicarme” de lo que para mí, desde niño, ha sido, más que una afición, más que una adicción, una auténtica necesidad: la Semana Santa de Cartagena.

¿Por qué Cartagena? Naturalmente, la explicación inicial se debe a circunstancias familiares. Mi padre, murciano de nacimiento, se crió en Cartagena, y, a pesar de que por trabajo acabó emigrando a Alicante, sus raíces cartageneras nunca se perdieron del todo, y en la llamada Ciudad Departamental ha continuando residiendo una importantísima rama de mi árbol familiar. Desde que tengo uso de razón, la llegada de las vacaciones de Semana Santa era no la ocasión de emprender cortos o largos viajes marcados por el deseo de evasión o de relax, sino la oportunidad de reunirnos todos quienes, de un modo u otro, seguimos estando atrapados por la brisa marina que tan bien se respiraba desde la plaza de los Héroes de Cavite, con vistas al puerto y al mítico Submarino Peral (cuando, en aquellos años 60 y 70, se hallaba aún en su genuino emplazamiento).

¿Pero por qué, precisamente, la Semana Santa de Cartagena? Bien es cierto que, cuando uno no es más que un niño, como lo son mis propios hijos ahora, es relativamente fácil sentirse atraído por el redoble de un tambor o el misterio inherente a unos hombres (y también mujeres) que se “disfrazan” bajo túnicas y capirotes, mientras ante tus ojos asombrados desfilan luminosos tronos que reconstruyen las páginas finales de los Evangelios. Pero también es verdad que, a raíz de los bandazos que nos llevamos cada uno durante la travesía de nuestra vida, no todos continúan hallándose dispuestos a entregar horas y horas de esfuerzo y dedicación al mantenimiento de una agrupación cofrade, y ni siquiera, a algunos, les apetece ya dedicar unos minutos a contemplar el paso solemne de una procesión. A mí, que siendo niño comencé a reconocer las marchas procesionales, a distinguir el color de cada túnica y a emocionarme al paso de una imagen (tal vez no con el “mensaje” en sí mismo, sino con el arte que la había hecho posible), el transcurso de los años no hizo sino fomentar en mí el amor hacia esa concepción única e inigualable de la Pasión de Cristo que se vive cada año en Cartagena, basada en el orden, la disciplina, la flor, la luz y la música, sin menospreciar el arte que exudan sus tallas y tronos.

La Semana Santa cartagenera debe su auge a la constructiva rivalidad existente entre sus dos Cofradías principales, los Marrajos y los Californios (a los que luego se añadieron los llamados “Resucitados”). La historia se remonta al siglo XVII, una época en la que la religiosidad estaba mucho más a la orden del día. Por aquellos años (1612), se cuenta que unos pescadores capturaron un pez marrajo de gran tamaño, y de la venta del mismo se obtuvieron los fondos necesarios para la instauración de una hermandad, bautizada como “Real e Ilustre Cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno”, si bien en Cartagena se les bautizó inmediatamente como “Hermanos Marrajos”. Algunos años después, en 1747, unos fieles cartageneros constituyeron la hermandad que hoy es conocida como “Pontificia, Real e Ilustre Cofradía de Nuestro Padre Jesús en el doloroso Paso del Prendimiento y esperanza de la salvación de las Animas”, aunque, a causa de que a ella se unieron unos marinos que acababan de regresar del virreinato de Nueva España (actual California), el pueblo llano, en un alarde de ingenio coloquial, pasó a llamarlos simplemente “Californios”. El objeto de estas “cofradías”, al menos en aquellos primeros años, era la difusión de la fe y la doctrina católicas, velando por la moralidad y también sacando a la calle una procesión de imágenes religiosas con motivo de la Semana Santa. Los colores distintivos de cada cofradía eran el morado para los marrajos y el rojo para los californios, así como el blanco para los más modernos cofrades, quienes, a raíz de una escisión de la hermandad marraja ocurrida en 1940, crearon la “Real e Ilustre Cofradía de Nuestro Padre Jesús Resucitado”. Aún existe una cuarta y última institución de estas características, fundada en 1691 bajo la denominación de “Ilustre Cofradía del Santísimo y Real Cristo del Socorro”, pero su importancia y trascendencia no llegó a alcanzar las cotas de “marras” y “calis”.

En la madrugada del Viernes de Dolores dan comienzo los desfiles procesionales en Cartagena, según el siguiente reparto o distribución: Viernes de Dolores (madrugada), cofradía del Cristo del Socorro; Viernes de Dolores (tarde) y Domingo de Ramos, californios; Lunes Santo, marrajos; Martes, Miércoles y Jueves Santo, californios; Viernes (tanto madrugada como noche) y Sábado Santo, marrajos; Domingo de Resurrección, resucitados. Siendo todos ellos atractivos e interesantes, los desfiles en los que se alcanzan mayores cotas de lucimiento son los del Miércoles (Procesión del Prendimiento), Viernes (Procesión del Santo Entierro) y Domingo (Procesión de la Resurrección). No obstante, cualquiera de los otros cortejos “menores” reúne suficientes alicientes como para justificar su visionado: la procesión del Viernes de Dolores, por salir de madrugada, tiene el honor de ser la primera de la Semana Santa española; la de ese mismo día, pero al anochecer, cuenta con una significativa aportación de las mujeres californias, tanto en calidad de penitentes como de portapasos; la del Domingo de Ramos se caracteriza por una amplísima participación infantil; la del lunes está dedicada a quienes desean cumplir alguna promesa marchando junto a la Virgen de la Piedad (trasunto de la Virgen de la Caridad, patrona de la ciudad); el martes es la procesión de los traslados de las imágenes de los santos apóstoles Pedro, Santiago y Juan, que durante el año se hallan custodiadas en diferentes emplazamientos militares (San Pedro, concretamente, figura registrado en la nómina del Arsenal con el nombre de “Pedro Marina Cartagena”); el jueves por la noche desfila, como en tantas otras ciudades, la muy solemne y enmudecida procesión del Silencio, a cuyo paso van apagándose las luces de las calles en una atmósfera fantasmagórica sólo quebrada por el tañir sordo de un tambor, y a la que sucede el breve cortejo del Cristo de los Mineros; horas después, el viernes en la madrugada, se produce el encuentro de las imágenes de Jesús y su Madre, culminando una noche mágica en la que lo ideal es no acostarse para vivir plenamente un ambiente incomparable; y el sábado tiene lugar la salida de la más moderna de las procesiones marrajas, que se caracteriza porque los hachotes de sus penitentes están iluminados sólo con velas.

Como he citado en un párrafo anterior, uno de los rasgos distintivos de la Semana Santa de Cartagena es la casi férrea disciplina, el exquisito orden que presiden sus desfiles. Heredada de la tradición forjada a lo largo de siglos de presencia militar en la zona, existe en las filas de penitentes una sincronía tan extraordinaria que todos y cada uno de ellos arrancan, caminan y se detienen al unísono, como si de un solo hombre se tratara. Viéndolos desde lo alto, los tercios cartageneros parecen trazados con un minucioso tiralíneas, tal es su modélica perfección. En este mismo sentido, en épocas tal vez demasiado exigentes, yo mismo he podido ver cómo un pobre penitente asolado por una insoportable comezón se veía obligado a pedir ayuda a un “hermano vara” (cofrade que en determinados momentos del cortejo va “por libre”) para que le rascara y aliviase del picor. Esto en nuestros días ya no es tan riguroso, pero da fe de hasta qué punto todo en Cartagena está primorosamente tejido y entrelazado, como los sublimes adornos florales que engalanan sus tronos, miles y miles de claveles, rosas y gladiolos que componen fragantes sinfonías de Pasión.

También la música es un elemento primordial durante la Semana Santa, y recuerdo un viejo dicho al que ya aludí en un trabajo que publiqué en la revista procesionil “Hachote” hace unos años: “Haced redoblar un tambor en la puerta de la Iglesia de Santa María, y las procesiones de Cartagena saldrán solas”. A ritmo de marcha lenta desfilan todas y cada una de las agrupaciones o tercios que integran cada procesión, casi siempre siguiendo a los penitentes y precediendo el trayecto del correspondiente trono. Incontables son las melodías que suelen escucharse durante estos días, pero las más populares son “Nuestro padre Jesús”, “San Juan”, “Jesús Preso”, “Mektub” o “Descendimiento”, y se deben a autores como Emilio Cebrián Ruiz, Mariano San Miguel o el recientemente fallecido Gregorio García Segura. Asímismo, y, con carácter un poco más festivo, también los tercios de granaderos y judíos tienen sus propias sintonías. Los “granaderos” son descendientes de los antiguos zapadores cuya misión era construir improvisados puentes o cavar trincheras en mitad de conflagraciones bélicas, y sus melodías, alegres y pegadizas, se basan en composiciones del napolitano Nicolai Pórpora. Por su parte, los “judíos” son en realidad soldados romanos a quienes algún error semántico del vulgo confundió con los habitantes originales de la dominada región de Judea, y, además de su brío y espectaculares coreografías, tienen en su haber tonadillas tan simpáticas como el “Perico Pelao”. Pero uno de los momentos más emotivos de cada cortejo tiene lugar a las puertas de la Iglesia de Santa María de Gracia, cuando los tronos (algunos de ellos portados a hombros) culminan su recorrido y son recibidos por la Marcha Real (antiguo Himno Nacional), después de lo cual los miles de asistentes allí congregados entonan para las respectivas vírgenes la muy emotiva “Salve popular cartagenera”, que pone los pelos de punta incluso a los escépticos y ateos.

Ya que hablamos del aspecto ornamental o estético de las procesiones, no quiero dejarme en el tintero la obligada mención a los primorosos bordados de mantos y túnicas. Sin gozar, tal vez, de la repercusión de los existentes en otras manifestaciones pasionales como, por ejemplo, la de Lorca, en Cartagena pueden disfrutarse auténticas obras de arte a cargo de Anita Vivancos, Consuelo Escámez y otras grandes damas de la aguja y el hilo de oro.

La estructura de cada procesión es casi siempre la misma. En primer lugar, desfila el llamado “trono insignia” (la linterna sorda cruzada con anclas, para los californios; el Santo Cáliz con los cuatro evangelistas, propio de los marrajos; y el Santo Angel de la Cruz Triunfante, asociado a los resucitados), después del cual comienza a desgranarse el rosario de agrupaciones, que constan de un estandarte o sudario primorosamente bordado, el tercio (vocablo procedente de la jerga militar) de penitentes cuyo vestuario consta de capuz (capirote) o mocha (el gorro que cubre la cabeza de quienes desfilan con la cara descubierta), capa, túnica, zíngulo (cinturón)o fajín, sandalias, calcetines y guantes y se apoyan en un hachote luminoso o en una vara exquisitamente labrada (sobre todo los que procesionan en los cortejos más o menos diurnos), la banda de música (vestidos con los mismos colores propios de la agrupación), el trono sobre el que se halla emplazada la talla objeto de devoción, engalanado por flores que componen estructuras a veces inverosímiles y, finalmente, tras las eventuales representaciones de autoridades municipales o religiosas, cada una de las procesiones principales se cierra con un piquete militar de una marcialidad simplemente espectacular. Entre medias, a veces nos encontramos los coloridos “entreactos” personificados por granaderos y judíos, y también a centenares de niños ataviados de nazarenos a cara descubierta que reciben el apodo de “morralla” y son la auténtica savia del mañana. Pero son los niños lo único sujeto a la espontaneidad en estos maravillosos cortejos, ya que detrás de la suntuosidad de cada uno de ellos subyacen horas y horas y más horas de ensayo, habiendo colas de años para optar a penitente, nazareno o portapasos de alguna de las agrupaciones más señeras y teniendo que pagar “religiosamente” cada “hermano” la cuota establecida en el seno de la cofradía.

A pesar de que las principales procesiones de Cartagena han ido variando, más o menos significativamente, el número de agrupaciones que las conforman, los tercios y tronos más emblemáticos y populares continúan siendo los mismos de siempre. Los californios tienen su majestuoso San Juan (con talla de Mariano Benlliure), engalanado de blanco cegador y que pasa por ser el tercio más carismático de la Cofradía, además de la Santa Cena (en cuya mesa aparecen alimentos reales que luego son entregados a los menesterosos), la Oración del Huerto (cuya talla actual, obra de Benlliure, sustituye a la original obra de Salzillo que fue destruida durante la Guerra Civil y de la que sólo queda la mano del ángel y alguno de los apóstoles durmientes), el Prendimiento (imagen titular de la entidad california), San Pedro, Santiago y, cómo no, la Virgen del Primer Dolor, madre espiritual de la cofradía. Nuestro Padre Jesús Nazareno simboliza el espíritu de los marrajos, y su imagen es obra de José Capuz, como también las del Descendimiento (aparentemente esculpido en un solo bloque de madera), San Juan (también el tercio más gallardo y regio con que cuentan los morados), la Santa Agonía (sólo viéndolo desde arriba se puede apreciar la cruz floral existente bajo la otra cruz en la que se halla Cristo crucificado), la Virgen de la Soledad y, sobre todo, el celebradísimo Cristo Yacente del trono del Santo Sepulcro, obra cumbre de la imaginería pasional, siendo también digno de destacarse el paso de La Lanzada, espectacular porque incluye la figura del romano Longinos montado a caballo. Por lo que respecta a los resucitados, su desfile, que teóricamente debería celebrarse en una mañana bañada por el gratificante sol primaveral, es el más alegre y colorido de todos, y destacan las tallas originales de Federico Coullaut-Valera (Jesús Resucitado y las apariciones a María Magdalena y a Santo Tomás), y, en particular, la bellísima Virgen del Amor Hermoso, obra de Juan González, especialmente destacable por ser la primera que desfiló bajo palio. Desde hace algunos años, y, para no ser menos que sus hermanos mayores marrajos y californios, los resucitados han incorporado también la agrupación y trono de San Juan, personaje que en Cartagena, tradicionalmente, precede en las procesiones a la Virgen titular de cada cofradía, siguiendo el texto evangélico que hablaba de que el Apóstol amado se hizo cargo de la madre de Jesús.

Paraíso del arte, elogio de la marcialidad, vergel de la flor, la Semana Santa de Cartagena está justamente considerada “de Interés Turístico Internacional”, y alrededor de sus deslumbrantes desfiles procesionales se celebran también otros eventos como certámenes de narración y poesía, conciertos de bandas de música y concursos de saeteros, así como el pintoresco “Lavatorio de Pilatos”. Tal vez algo en mi sangre o mis genes me predispone favorablemente, pero lo cierto es que mi pasión se desata todos los años, durante una semana de primavera, presenciando o simplemente rememorando el discurrir de una procesión cartagenera.

Mi comentario sobre "FIREWALL"


“Firewall” significa en inglés “cortafuegos”, y no se refiere tanto al sistema para extinción drástica de incendios forestales como a un dispositivo informático destinado a impedir que extraños penetren en nuestro ordenador.

Jack Stanfield (Harrison Ford) es jefe de seguridad (informática) de un banco, y, al mismo tiempo, (maduro) padre de una familia compuesta por la esposa, Beth (Virginia Madsen) y dos hijos, una chica adolescente y un niño de 8 años aquejado de diversas alergias. También tiene un perro. Cuando una banda de sofisticados ladrones capitaneados por el despiadado Cox (Paul Bettany) secuestra a su esposa e hijos, Jack descubre lo frágil que es su propia seguridad, y se ve obligado a desfalcar 10.000 dólares de cada uno de los 10.000 mejores clientes de su banco (sí, habéis calculado bien: se trata de un montante de 100 millones de dólares) si quiere recuperar a sus seres queridos…

No quiero ni debo contar ni un solo detalle más del argumento de “Firewall”, entre otras cosas porque no lo considero necesario. Para mí, sólo existió una razón por la que acudí a los minicines Zig Zag de Murcia para ver esta película: Harrison Ford. Aunque han quedado atrás los tiempos en que consideraba que Ford era mi actor favorito, lo cierto es que haber estado al frente de películas que me apasionan como las tres entregas de la segunda trilogía (primera en estrenarse) de “Star Wars”, las tres aventuras de Indiana Jones (se lleva tanto tiempo hablando de una cuarta que ya nadie se lo cree) y un film mítico como “Blade Runner” le siguen convirtiendo, al menos para mí, en algo más que un actor.

He leído algunas críticas acerca de “Firewall”, y lo primero que quiero deciros es que estoy en desacuerdo con la mayoría de ellas. No es cierto que Harrison Ford esté viejo para el papel, no es verdad que resulte poco creíble en su eterno personaje de aventurero a la fuerza, y también es falso que la película sea un thriller del montón, poco menos que una serie “B” con estrella en declive dentro. En el próximo párrafo trataré de desmontar estas tres acusaciones que me parecen erróneas.

No soy el presidente del club de fans de Harrison Ford ni tampoco su manager, pero no creo que el actual compañero de la ex-Ally McBeal Calista Flockhart atraviese un momento de preocupante decrepitud. Obviamente, el tiempo no pasa en balde para ninguno de nosotros, y Ford va a cumplir 64 años. Mas ¿a esa edad ya no puede uno interpretar una película en la que hay cinco ó seis escenas de acción? Yo, personalmente, le aconsejaría vestir de otra manera y también un cambio de peinado, pero ¿qué tiene éso que ver con que su personaje no dé el pego en calidad de experto informático obligado a convertirse en defensor de su familia? Por lo que respecta a la calidad intrínseca de “Firewall”, hay que reconocer que no se trata, por ejemplo de “Unico testigo”·(también con Harrison Ford), pero sí constituye un digno entretenimiento, con una trama algo previsible pero no nunca imposible de creer, y con un ritmo que no decae en ningún momento (y ésto, su mayor mérito, no puede aplicarse a todas las películas que he visto últimamente).

Escrita por el debutante Joe Forte y dirigida por el británico Richard Loncraine (realizador de “Ricardo III” y “Wimbledon”), “Firewall” cuenta en su reparto de secundarios con tres grandes actores en mejor o peor forma (Robert Patrick, correcto; Alan Arkin, prescindible; Robert Forster, pésimo), pero, sobre todo, hay que destacar a dos intérpretes elegidos adecuadamente para arropar a Ford. Virginia Madsen fue una de las mujeres más hermosas en los últimos 80 y primeros 90, pero su carrera languideció progresivamente hasta quedar prácticamente olvidada, hasta que el año pasado “Entre copas” la rescató del olvido y fue incluso nominada al Oscar. Su papel en “Firewall” no puede decirse que sea de mucho lucimiento, pero resulta creíble como esposa leal y madre peleona. Pero si hay que alabar a alguien es, sin duda, a Paul Bettany, un actor en alza que aún está muy lejos de dar lo mejor de sí. A Bettany le hemos visto en “Destino de caballero”, “Una mente maravillosa”, “Master and Commander” y “Wimbledon” (donde también fue dirigido por Richard Loncraine), y el mes que viene podremos verle dando vida a Silas, el villano albino de “El código Da Vinci”. Bettany está perfecto como antagonista atractivo, refinado y nada psicótico; su “Cox” es simplemente un hombre extremadamente inteligente y previsor, que no vacila lo más mínimo a la hora de cometer cualquier atrocidad para conseguir sus fines. Su mirada después de casi provocar deliberademente la muerte del hijo pequeño de Jack (después de haber estado conversando cariñosamente con él), o el modo en que ejecuta a sangre fría a uno de sus propios hombres te dejan helado y revelan contundentemente la mentalidad de este personaje al que el poder devenido del control total y la codicia que, a pesar de todo, constituye su mayor debilidad, caracterizan con estimulante precisión.

No es la mejor película de Harrison Ford ni tampoco el mejor thriller de los últimos años, pero, como mínimo, “Firewall” no aburre y tampoco ofende la inteligencia (bueno, si exceptuamos el último y ridículo plano final de los protagonistas y el perro). Corren malos tiempos para las grandes estrellas del cine de acción de los 80, y tanto Harrison Ford como Bruce Willis, Kevin Costner, Sylvester Stallone (obligado a lucir arrugas y michelines en “Rocky VI”) o el propio Arnold Schwarzenegger (que abandonó su carrera para dedicarse a la política) ya no son lo que fueron, como tampoco lo son los espectadores de cine del siglo XXI, más dispuestos a entretenerse con un aluvión de efectos visuales generados por ordenador que a participar de una trama de acción que pretende entretener sin dejar de ser mínimamente realista.

Calificación: 7,5 (sobre 10)

Luis Campoy

domingo, 2 de abril de 2006

Barcelona 1-Madrid 1

Al final… empate a 1 y reparto de puntos. Creo que ninguno esperábamos un resultado como éste, y menos cuando, después de un penalty cometido por Roberto Carlos en el minuto 25 del primer tiempo, el rapado brasileño que viste de blanco fue justamente expulsado. La pena máxima la transformó Ronaldinho, y, aunque he de admitir que el penalty en cuestión no lo ví del todo claro, sí fue convenientemente punible la actitud de Roberto Carlos, ansioso por protestar cualquier decisión del colegiado. En fin, enorme entrada de público en el Camp Nou, alineaciones de gala en los dos equipos (a excepción del capitán madridista Raúl, que no pudo tirar del carro como siempre suele ser su obligación) y confirmación de la preocupante tendencia que yo apuntaba en mi artículo de anteayer: el Barça fue incapaz de marcar en jugada, a pesar de lo mucho que lo intentó. Cabe felicitar al Real Madrid por no haberse rendido en ningún momento, a pesar de que estaba en inferioridad numérica, y también cabe lamentarse por la enésima lesión de Thiago Motta, que llega en un momento particularmente inoportuno, cuando ni Márquez ni Edmilson están operativos.