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sábado, 4 de marzo de 2006

Mi comentario sobre "MUNICH"


Lo primero que le dije a mi madre después de ver “Munich” fue que, tan sólo por llevarle la contraria a la COPE (donde le habían hecho una crítica negativa), tenía que decirle que la película me había encantado. Naturalmente, tal afirmación la hice en tono humorístico, aunque es cierto su contenido: el último film de Steven Spielberg me gustó mucho. O muchísimo.

Soy consciente de que la mayoría de la gente, incluso aquellos que consumen cine en el cine (es decir, acudiendo habitualmente a las salas), no se consideran cinéfilos: se (auto)limitan a “mirar” la película, a detenerse en su “fondo”, a dejarse arrastrar (o no) por su argumento, sin permitirse recrearse en su “forma”, en el modo en que el director decidió que debía ser realizada. A mí me pasa más o menos lo contrario: como (ex)director frustrado, lo que me motiva particularmente es el aspecto formal (en todas sus disciplinas visuales y sonoras), y muchas veces incluso me desentiendo acerca de la historia que narra. Por eso, determinadas producciones que vienen etiquetadas como “políticamente incorrectas” o “polémicas” (y “Munich” es una de ellas) para mí no lo son.

“Munich” (por favor, pronúnciese “Múnik”) es, ante todo, una película de acciones y reacciones, de causas y efectos. Todavía recuerdo (algo desdibujados, eso sí) los sucesos que sirven de arranque al film, acaecidos cuando yo tenía 9 años: en septiembre de 1972, un comando terrorista palestino autodenominado, precisamente, “Septiembre Negro”, tiñó de luto los Juegos Olímpicos celebrados en la capital alemana, al secuestrar a un puñado de deportistas, entrenadores y representantes de la delegación de Israel, que finalmente resultaron muertos, así como la mayoría de sus captores. El gobierno israelí, presidido por Golda Meir (la “mujer llamada Golda” a la que encarnó una envejecidísima Ingrid Bergman en una serie para televisión), además de condenar públicamente aquel hecho luctuoso, puso en marcha una operación secreta que se llamó “La Ira de Dios” y cuya finalidad era la venganza: todos aquellos quienes ejecutaron, planificaron, apoyaron o justificaron la matanza debían ser eliminados.

Steven Spielberg (que este año cumple ya 60 años), es, como casi todo el mundo sabe, además de un acérrimo defensor de la institución familiar, un ferviente judío practicante (recordad su monumental homenaje a su pueblo: “La Lista de Schindler”). Por eso, no deja de resultar sorprendente no ya el hecho argumental de su segunda película rodada en 2005 (tras “La Guerra de los Mundos”), sino el modo en que afronta la historia. Tratándose de él, hubiera sido fácil imaginar una fácil apología (maravillosamente contada, eso sí) de la causa hebraica, demonizando al árabe e idealizando al pobre judío, tan machacado por la incomprensión y el odio de media Humanidad. Sin embargo, el director de “Tiburón” ha preferido el mejor camino posible: la imparcialidad, la objetividad o, si se quiere, la ambigüedad. No hay buenos ni malos, no hay héroes ni villanos, sino simplemente personas que se ven obligadas a cometer determinadas acciones derivadas de las acciones que otros cometieron.

Siguiendo el controvertido esquema argumental de un libro titulado “Venganza”, en el que un periodista canadiense reconstruyó (supuestamente) de primera mano los hechos, basándose en una larga entrevista secreta con el cabecilla de los ejecutores israelíes, “Munich”, la película, comienza con la secuencia del asalto a la delegación olímpica de Israel, y enseguida nos cuenta cómo se organizó el comando de 5 hombres cuyo objetivo sería la caza y exterminio de los palestinos señalados como culpables. El líder del equipo es Avner (intepretado por Eric Bana, protagonista de “Hulk” y que dio vida a Héctor en “Troya”), agente del Mossad (el servicio secreto de Israel) y antiguo guardaespaldas de Golda Meir, hombre joven y obediente cuya esposa está embarazada de su primera hija, y cuyo cometido no será sólo coordinar a sus compañeros sino también apretar el gatillo cuando la ocasión lo requiera. El resto del comando lo componen el impetuoso pistolero ¿Stephen? (Daniel Craig, secundario visto en “Camino a la perdición”, “The Jacket”, “Layer Cake”…. y nada más y nada menos que futuro James Bond), el “limpiador” Carl (Ciaran Hinds, al que siempre recordaré como el presidente ruso en “Pánico Nuclear”), el artificiero Robert (el director de cine francés Matthew Kassovitz; ¿recordáis cuando Spielbeg utilizó como actor a otro realizador galo, Francois Truffaut, en “Encuentros en la tercera fase”?) y el falsificador Hans (Hans Zischler). Todos ellos, a pesar de que oficialmente ni siquiera existen, están bajo la jurisdicción de Ephraim, al que da vida el excelente actor australiano Geoffrey Rush, capaz de interpretar con la misma maestría cualquier papel al que se enfrente (el desquiciado pianista de “Shine”, el fanático inspector Javert en “Los Miserables”, el marqués de Sade en… “Sade”, el capitán Barbossa en “Piratas del Caribe” o el desquiciado actor Peter Sellers en “Llámame Peter”)… aunque luego no suele ser reconocido por casi ninguno de ellos.

Desde Tel-Aviv hasta París, desde Atenas hasta Londres y desde Beirut hasta… las Canarias, asistimos a la localización y ejecución de los objetivos, que Spielberg retrata con su maestría habitual pero sin sus habituales (y molestas) dosis de ñoñería y excesiva sensiblería. En “Munich” no hay (molestos) niños que infantilicen el argumento, ni tampoco se nos obsequia con la consabida parafernalia moralizante a la que el padre de “E.T.” nos tiene acostumbrados. Por el contrario, tenemos estupendas acciones de acción excelentemente filmadas y montadas (aunque, eso sí, muy, muy dosificadas), adecuadas dosis de violencia (necesarias para ilustrar la barbarie terrorista, así como las dudas morales del protagonista) y, sorprendentemente, algunos planos de desnudos (impactante e inolvidable, el de la asesina holandesa recién ejecutada y a la que Avner, en primera instancia, intenta cubrir pudorosamemente sus partes íntimas) e incluso dos o tres escenas sexuales, con especial atención al coito entre Avner y su embarazadísima mujer.

Como he dicho al principio, la película llega a España después de haber levantado una encendida polvareda, ya que ni unos ni otros han quedado satisfechos con el modo en que sus posturas y comportamientos han quedado reflejados. Los palestinos se quejan de que aperecen como demasiado “malos” (falso), y los judíos argumentan que deberían figurar menos como verdugos y más como víctimas. Spielberg, sabiamente, ha elegido la opción más independendiente, y me parece absurdo ceder a la tentación de avivar innecesarias polémicas que aquí en España no tienen razón de ser. Lo que sí quiero es deciros que ésta es, para mí, la mejor película de S.S. desde los ya lejanos tiempos de “Salvar al soldado Ryan”: menos lacrímogena que “A.I., Inteligencia Artificial”, menos fantasiosa que “Minority Report”, menos sarcástica que “Atrápame si puedes”, menos oscura que “La Guerra de los Mundos” y menos…. pésima que “La Terminal” (posiblemente el peor film jamás rodado por don Steven, absolutamente indigna de su enorme talento). Viéndola, me sentí transportado a otros tiempos, más o menos la época que tan maravillosamente (los peinados y el vestuario, así como el diseño de producción son sencillamente perfectos) retrata, y no sólo por la reconstrucción histórica, sino porque ha sabido recuperar el tono, la textura, de los viejos thrillers de espías y terroristas de entonces, como “Los tres días del cóndor”, “Chacal”, “ODESSA” o “Domingo Negro”. Puede que no se trate de la película más entretenida del año (en ningún caso aspiró a serlo), puede que le sobren minutos (todo el epílogo neoyorquino no aporta nada y pudo perfectamente haberse obviado), y puede que no todos los actores estén todo lo bien que se les presuponía (personalmente, me defraudó un poco la actuación, algo inexpresiva, de Eric Bana, y hay que reconocer que Daniel “007” Craig hace poco más que lucir camisas ajustadísimas), pero, a todos aquellos a los que mencionaba al inicio, a aquellos que sólo prestan atención al “fondo”, tengo que invitarles a que busquen en “Munich” una planificación sobria pero imaginativa (el modo en que algunos actos violentos son visualizados casi en “off”), el sonido más realista que recuerdo y, sobre todo y ante todo, una fotografía (de Janusz Kaminski) virtuosa y extraordinaria, con un exquisito tratamiento de la luz natural. Nota final: tal vez otras veces hubo que reprocharle a Steven Spielberg anteriores (y estúpidos) reparos morales, como por ejemplo su absurda idea de borrar digitalmente de algunos fotogramas de “A.I. – Inteligencia Artificial” la silueta (sumergida bajo las aguas) de las Torres Gemelas, para lo cual hubiera tenido que requisar todas las copias ya distribuídas; pues bien, ahora es necesrio aplaudir su sabiduría, ya que “Munich” se cierra justamente con un larguísimo plano fijo de la fisonomía inconfundible de los rascacielos de la Nueva York de los años 70 (reconstruída por ordenador), donde destaca, solemne, aquel coloso inolvidable que fue el World Trade Center. Todo un alegato en contra del terrorismo… golpée a quien golpée y venga de donde venga.

Calificación: 8,5 (sobre 10)

Luis Campoy

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